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Los tarahumaras leen el corazón Imprimir
Escrito por +Rafael Sandoval Sandoval, obispo de la Tarahumara   
Domingo 19 de Octubre 2008

REPORTAJE

Image Los tarahumaras leen el corazón, se abren al mensaje cuando sienten que son amados

Por Rafael Sandoval Sandoval, obispo de la Tarahumara

Cuatro años de recorrer la sierra. Años que marcan como el fuego. Cuatro culturas y cuatro mundos. Warojíos, ódames (tepehuanes), rarámuris y mestizos. Por ahora me referiré a los Rarámuri pagótuame o «gentes lavadas o bautizadas». Ellos se definen como los hijos del que es Papá de todas las genes; del que hizo el mundo y los dejó para cuidarlo (Onorúame Kúchara).

Al principio recibí, por parte de algunos agentes de pastoral, muchas indicaciones para que no subyugara la cultura: «no los abrace porque eso es violento para ellos», «corrija sus palabras porque ellos no son occidentales», «acompañe solamente la cultura», «no imponga», «quítese los esquemas que trae», «incultúrese en su vestir», «no les dé sacramentos», «la mejor ayuda es dejarlos como están», etc. No dudo que tales indicaciones se me hicieran con sinceridad, pero decidí recorrer las comunidades por mí mismo para conocer su cosmovisión y así poder aprender los valores y dar a conocer a quien es razón de mi vida: a Jesucristo.

Soy consciente de que debe haber un encuentro entre fe y cultura, que no sea una invasión ni adoctrinación. Varias preguntas me han ido acompañando: ¿Cómo exponer el Evangelio de la Vida en esta cultura? ¿Cómo escucharla? ¿Cómo aprender de la cultura donde estoy? ¿De qué me sorprendo al estar aquí? ¿Qué aporto?...

He ido de sorpresa en sorpresa. Cuando anuncio a Jesucristo y su Evangelio, de ninguna manera se sienten alienados ni lo sienten como imposición extraña. Ellos están abiertos a la Eucaristía; tienen hambre de Dios; acogen con gusto el sacramento de la Reconciliación; no están cerrados al celibato; aprecian y quieren conocer la Palabra de Dios. Cuando les hablo de Jesucristo, se emocionan; no nos piden quitarnos nuestra cultura, sino que piden que estemos con ellos así como somos; quieren y piden la catequesis… Si dijera lo contrario, no estaría en la verdad o diría lo que ellos no dicen.
Es cierto que hay que aprender la lengua, pero hay una comunicación mejor: el amor. Ellos leen el corazón, se abren al mensaje cuando sienten que son amados. El mejor idioma es el amor.

La misa: «Kórima de Dios»

Para el tarahumara, la palabra kórima es importante, y significa «compartir todo, sin necesidad de que se les dé nada a cambio». Es algo gratuito, pues se comparten los bienes y la vida. No es sólo un trueque o intercambio, va mucho más allá. Significa que si yo tengo algo que otro no tiene, le pertenece a ese otro, sencillamente porque Dios nos da el encargo de dar y nos da el derecho de recibir.

 En esta visión del compartir la vida, vi la puerta para la Eucaristía. Ese kórima es Jesucristo que se nos entrega. Cuando ellos escuchan esto, la entienden, la piden y la viven como «kórima de Dios». Pocas veces he celebrado con tanta devoción como cuando lo hago con ellos. Por eso afirmo, desde la experiencia, que la Misa no excluye a ninguna cultura. Si alguien dijera lo contrario, mentiría. Es cierto que hay que trabajar por la inculturación de la Eucaristía, pero nunca privar a los indígenas del Banquete eucarístico. Tal privación no sería otra cosa que falta de amor hacia ellos y una clara discriminación. Darles el pan material, pero descuidando el Pan espiritual, es dejarlos con hambre.

La reconciliación: medicina que cura

Las fiestas rarámuri son «noches de reconciliación», en las que es necesario estar bien en todo y con todos para que la fiesta salga bien. Ahí se arreglan los problemas y se deciden a estar y caminar en la vida. Se logra la armonía con el mundo, con Dios y con los demás. Sólo reconciliándose se es buen rarámuri. En otros mundos es inconcebible ver en convivencia amable a la esposa de un asesinado con el papá del asesino, o a la mujer violada y su familia con la familia del violador, o las mamás de quien murió y de quien le dio muerte. Sólo estando bien con los demás se puede estar bien con «el de arriba», y sólo así el mundo recibirá fuerza.

La Cuaresma es el tiempo fuerte «para arreglar problemas». Ahí se hacen los juicios comunitarios, en los que las partes involucradas, con el consejo de la autoridad tradicional y con hombres y mujeres, buscan arreglar los asuntos pendientes. Hay confesiones públicas, donde se les da alguna penitencia como estar un buen rato hincados frente a la iglesia el viernes santo. Al final, todos se saludan, pues el saludo indica que todo se ha arreglado. En la reconciliación se confrontan, aclaran, se defienden y se solucionan las cosas. Se tienen medicinas que curan, pero la mejor curación consiste en estar bien con todos.

Pero en la fiesta no todo va bien. El Remonsi (el que vive abajo), que es ventajoso, quiere cochinear la fiesta. Dicen que todas las gentes tenemos dentro dos espíritus: el del hermano menor que es Jesucristo, y el del de abajo que es el diablo. Podemos irnos con uno o con el otro. Dios quiere que sigamos el camino del menor que es Jesucristo.

Por la noche hay velación, y se vuelve noche de reconciliación. Al amanecer se ve la esperanza y el comienzo de un mundo nuevo. Se renace con fuerzas nuevas para seguir caminando en la vida con lo que venga. Mi experiencia me dice que esa noche es el espacio para el sacramento de la Reconciliación. Pero, por desgracia, los agentes de pastoral hemos desaprovechado este espacio. Con frecuencia mitificamos a los pobres e indígenas, y decimos que ellos tienen más valores y cualidades que los mestizos. La verdad es que todos tenemos valores y anti valores. Todos somos pecadores, de cualquier condición y cultura. Los rarámuris lo saben y tienen sus formas de pedir perdón y de ser perdonados.

Es una pena ver que algunos sacerdotes acompañan a la gente en sus fiestas, pero no les ofrecen ni explican el sacramento del perdón. Les niegan algo a lo que ellos tienen derecho. Cuando este servidor les explica este sacramento, sus rostros se iluminan y piden el perdón por manos de «baré obispo». Miente, a mi ver, quien afirma que el sacramento de la Paz no es para ellos. Discrimina quien no explica o niega este encuentro con Jesucristo y la Iglesia. Sólo basta que le demos al sacramento esa dimensión curativa y liberadora.

La confirmación: vida en fiesta

Me platicaba un rarómari (de la Sierra baja) que «cuando se hizo noche y hubo eclipse, el de allá arriba vino y le habló a un anciano. Le pidió que dijera a su gente que siguieran haciendo ofrendas al sol para no dejarlo morir de vuelta. Le pidió que bailaran e hicieran Yúmari para que recibieran el santo iwigá» (aliento de Dios).

La fiesta habla del Creador y de la Creación. Se conmemora lo que Dios hace en la historia, y están llenos de alegría y esperanza. Ahí nadie puede estar triste, pues Dios da su iwigá para que estén contentos. Pero al Remonsi no le gusta que estén contentos, y siempre anda buscando que el rarámuri tropiece y pierda el camino; impide que cumplamos con lo que nos manda Onorúame-Eyerúame (nuestro Padre-Madre que vive arriba). Pero cuando hacemos la cruz, entonces el de abajo se retira.

 Los rarámuris tienen las semillas del Verbo. Las semejanzas con la Biblia son muy afines. El campo está abierto para expresar la fuerza del Espíritu que convierte lo desordenado en ordenado, lo feo en bello, el caos en cosmos. No es difícil anunciar al Espíritu Santo como «aliento de Dios». Ellos son místicos, más por intuición que por reflexión. Basta tan poco para que entiendan el sacramento de la Confirmación. Cuando les doy la catequesis la reciben con gusto, y les encanta el nawézari (consejo) del sacerdote y obispo.

El nombre de Dios

Para el rarámuri, Dios es el que está arriba, el que camina con nosotros, el que nos da fuerza, el que se pone triste cuando no vivimos bien, el que necesita que le ayudemos… Él es Riosi (Dios), Ramé Onó (el Papá de nosotros), Onorúame (el que es Papá), Tata Riosi (Papa Dios), etc. Cuando ellos pronuncian el nombre de Dios lo hacen con respeto, se descubren la cabeza y se ponen de pie y mirando hacia donde sale el sol, pues el sol nos habla de la vida y nos va acompañando en el día.

Onorúame «nos dio a Jesucristo (Sucristo) que murió en la cruz para todo el mundo». Su cristo es Riosi ranara (el Hijo de Dios) que ha sido engendrado por Dios. Él nos dice el camino que hay que seguir para ir con Dios. La fiesta de Semana Santa es el centro de la vida rarámuri, y marca el cierre e inicio de un nuevo ciclo en el que Jesucristo le vuelve a dar fuerza al mundo, renaciendo.  Arewá rosákame, o Riosi arawára, es el Espíritu blanco o Espíritu de Dios (iwigá). Es la fuerza de Dios que nos da vida.

Se nota que recibieron el primer anuncio de Jesucristo, pero se desconoce su doctrina y una falta de profundización de su mensaje sobre el Reino. Cuando imparto el sacramento de la Confirmación ellos lo explican como el bautismo que da el obispo para darle fuerza y complemento al Bautismo. El primer anuncio que dieron los primeros misioneros necesita ser complementado. Para algunos agentes de pastoral hay que dejar esto intocable; incluso algunos quisieran que se volviera a lo que ellos tenían antes de la evangelización. Querer volver a dar vida a las religiones antes de la evangelización, y separarlas de Cristo y de la Iglesia, ¿no sería acaso un retroceso y una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado?

El evangelio no opaca la cultura

¿Por qué, pues, con el pretexto de no arrancarles su cultura, se les niega el Evangelio a los hermanos indígenas? El Evangelio, Cristo mismo, no viene a quitarle a nadie nada de lo bueno que tiene, sino a purificarlo y a completarlo. Así ha pasado con la evangelización de todos los pueblos. Cuando se anuncia directamente a Jesucristo, cualquier persona, de cualquier tiempo y lugar, puede encontrar en Él la Verdad y la Vida. Lo que se oculta detrás de algunas posturas «respetuosas» con la cultura de los demás, es una falta de fe en Jesucristo como verdadero camino de salvación.

Siempre ha habido gente que lo niega a Él, pero al menos tenían el valor de no reconocerse ya como cristianos. Lo nuevo ahora es que esos «cristianos» se quedan muy campantes en la Iglesia.

Viendo la mucha confusión de la gente, y leyendo a escritores y predicadores que confunden al pueblo cristiano, como obispo —pastor y vigilante del rebaño— debo decir y escribir, aunque deba pagar los precios por ello.

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