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DILEMAS ÉTICOS
Es tiempo que quienes somos la Iglesia salgamos del silencio. Nos distingue de los piratas el orden social, que es el legado para nuestros hijos. Aún nos queda defenderlo.
Por Sergio Ibarra
¿Qué pensarían de estos descendientes los bisabuelos, los abuelos y los padres de los miembros de la Suprema o —con eso de que el asunto se arregla cambiándole el nombre— la Todopoderosa Corte de Enredos de la Nación? Afortunadamente, hay evidencias de la inconmensurable ignorancia de este grupo de hombres y mujeres que han mostrado ante las cámaras de televisión su incompetencia. Fue grotesco escuchar a una de estas señoras, lamentablemente designada como magistrada a la que le pagamos con nuestros impuestos, argumentar que la mujer tiene derechos a decidir si mata o no a un inocente, porque se pone gorda, porque se ve fea, porque las hormonas, porque la pareja no se le acerca...
¿Qué dirán estas señoras y señores cuando sus propias hijas y nietas, gracias a su decisión, a sus espaldas o en su cara opten por quitarle la vida a un descendiente? ¿Celebrarán igual que su «patrón» tal resolución? ¿Quién es su «patrón»? El disfrazado de gente decente que gobierna en el DF, el mismo que ya echó al olvido la muerte de policías cuando era secretario de Seguridad, el que ha fingido demencia por la muerte de 12 adolescentes, el mismo que ha renegado de nuestro Presidente, el mismo que se niega a participar en los compromisos de seguridad, el mismo que ha boicoteado la reforma de PEMEX. No cabe duda de que se trata de un político rentable, un producto terminado de alta calidad, híbrido del viejo PRI y de la tribu que se apoderó del PRD.
Lo hecho, hecho está. No tiene reversa. Debemos anticiparnos a lo que sigue. Hay que prevenir que en nuestros estados esta «ley» se propague y se meta a la Constitución. Seguramente, al rato, estos que se encargan de la justicia disculparán que alguien mate a otro; total, podemos decidir qué hacemos o qué dejamos de hacer, incluido el que, bajo cualquier buen pretexto, matemos como si fuésemos piratas. Los miembros de la nueva todopoderosa Corte se enfrentarán a un asunto aún mas delicado: ¿cuál es su legitimidad moral? ¿Con qué cara podrán disculpar sus juicios cuando han autorizado el asesinato masivo de inocentes? ¿Se darían cuenta de que ya se hicieron cómplices? Dan pena estos disfrazados con su toga, y da pena ser parte de este México, mas no tanto como para renunciar, como para callar y no unirme a millones de mexicanos que estamos indignados contra el poder que permanece adormecido en nuestra nación, resguardado tras estas decisiones, el Poder Judicial. Es tiempo que quienes somos la Iglesia salgamos del silencio. Nos distingue de los piratas el orden social, que es el legado para nuestros hijos. Aún nos queda defenderlo. |