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En el lugar de la mujer Imprimir
Escrito por María Ángeles Fernández   
Domingo 07 de Septiembre 2008

PROMOCIÓN HUMANA

Image Pero, también, sólo las mujeres que han sufrido un aborto provocado saben lo que es el enorme vacío que deja el hijo que nunca verán...

Por María Ángeles Fernández Muñoz / España

«Hay que verse en el lugar de la mujer para saber cómo actuaríamos ante esa situación». Éste es el argumento que tantas veces utilizamos cuando se nos plantea el tema del aborto. Pues, efectivamente, sólo quien se ha encontrado esperando a su hijo en una situación de soledad, angustia económica o abandono sabe lo difícil que es afrontar un embarazo y, sobre todo, la crianza y la educación de un hijo. Pero, también, sólo las mujeres que han sufrido un aborto provocado saben lo que es el enorme vacío que deja el hijo que nunca verán, la tremenda culpa que sienten por esa vida que no han permitido que viera la luz, la enorme tristeza que las embarga cada vez que ven a un niño de la edad que tendría el suyo... pero de esto no se habla nunca.

Los expertos lo llaman el síndrome post-aborto, un síndrome ahogado en el silencio, que se manifiesta en forma de sueños y pesadillas relacionados con el aborto, intenso sentimiento de culpa y necesidad de reparar el daño, tristeza, ansiedad e, incluso, depresión. Sin embargo, cuando las mujeres consultan en las clínicas abortivas, nunca les informan de las consecuencias que, también para ellas, tiene la práctica de lo que se suele llamar «interrupción voluntaria del embarazo». (Por cierto, algo debe tambalearse en sus conciencias cuando muchas personas evitan por todos los medios utilizar la palabra aborto). Y, después de la intervención, de nuevo la soledad. La misma soledad que les llevó a acabar con la vida de su hijo es la que las acompaña en los meses y años siguientes. Porque en contadas ocasiones tienen la oportunidad de expresar sus sentimientos, pocas veces encuentran a alguien que las escuche y comprenda su dolor.

Precisamente por este motivo se fundó en España, hace unos años, la Asociación de Víctimas del Aborto, con el objetivo de acompañar y ayudar a las mujeres que han abortado ¿voluntariamente? Pongo esta palabra entre interrogaciones porque los defensores del aborto utilizan como argumento los derechos de la mujer y su libertad para hacer con su cuerpo lo que quiera. Pero creo que deberíamos plantearnos sinceramente: cuando una mujer, atenazada por la angustia de un embarazo imprevisto, que quizá está viviendo una situación social, familiar o económica extrema, a la que nadie ayuda ni le ofrece otras alternativas, ni le informa de las consecuencias que tendrá ese acto, ¿realmente es libre a la hora de tomar una decisión?

Al final nos encontramos con una mujer que ha de vivir en silencio con su dolor... y un hijo que nunca llegará a ver la luz de la vida. Y como, lamentablemente, no se trata de una interrupción sino de una muerte, no hay modo de volver atrás, de continuar aquello que se interrumpió.

Pero de nada vale lamentarnos. Siempre estamos a tiempo de evitar más muertes y más sufrimiento. Obviamente, hay situaciones realmente dramáticas, pero la solución en ningún caso puede ser ocasionar un drama aún mayor. La sociedad en general, y cada una de las personas que la formamos, debemos hacer un esfuerzo para proporcionar recursos a las mujeres que no pueden hacerse cargo de sus hijos. Estas ayudas pueden ser en forma de recursos materiales o económicos que lleguen desde distintas entidades públicas o privadas, pero a veces sólo es necesario estar al lado de ellas, ayudarles a disipar sus miedos, acompañarles en el cuidado del bebé. Y, si realmente les resulta imposible hacerse cargo de su hijo, siempre tienen la oportunidad de entregar al niño a las instituciones para que otra familia lo pueda adoptar. La madre que toma esta decisión no está abandonando a su hijo. Al contrario, pienso que está realizando el mayor acto de amor y generosidad que una madre puede hacer: albergarle y cuidarle en su seno durante nueve meses, sabiendo que nunca podrá hacerse cargo de él, para darle una vida que va a continuar al calor de otra familia.

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