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México, guadalupano y abortista Imprimir
Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 07 de Septiembre 2008

LUCES Y AMORES

Image Autonombrándose guadalupana, la gente de México no lo es en los hechos, y la orfandad que ahora siente es culpa suya. María nunca se apartó de nosotros, nosotros nos apartamos de María.

Por Alejandro Soriano Vallés

México, pensaban nuestros intelectuales de los siglos XVII y XVIII, es una nación privilegiada, porque Dios la ha distinguido con la presencia de su Madre. María, en efecto, llegó desde temprano a estos suelos, especialmente en sus advocaciones de Remedios y Guadalupe. La “primera evangelizadora”, fue llamada. Los indígenas muy pronto encontraron en ella a la Gran Consoladora. A través de María, la Buena Nueva floreció como la semilla que cayó en buena tierra de la parábola, hasta dar frutos en abundancia.

Dios compensó a nuestra patria por tantos dolores sufridos volviéndola notable lugar de fe y devoción, cuna de heroicos espíritus y audaces mártires. México, orgulloso de su fe, comenzó a vislumbrar un futuro grandioso: en él se hallaba el destino de la Iglesia y, por tanto, el de la historia humana. Para nuestros antiguos sabios no cabía ninguna duda: a través de María, México prefiguraba la Jerusalén celestial.

Por desgracia, el país torció el camino, y este glorioso futuro se transformó en cenagal. Prestando atención a los tentadores susurros venidos de fuera, algunos de sus hijos apostataron de tan sublime ideal, poniendo sus corazones en “verdades” seductoras que, pronto, llevaron a una lucha fratricida. Alimentados por rencores extranjeros, descubrieron en la Iglesia al “enemigo”. Había que destruirla; sólo así la patria llegaría a ser plenamente “feliz”.

La obra de María, Madre de México por voluntad divina, se halla sometida desde entonces a implacables ataques. Quienes la detestan la vejan sin piedad, buscando fanáticamente su desaparición. En este trance, el pueblo de la Virgen no ha demostrado el amor que dice tenerle. Con una cobardía indigna de la Madre que lo ampara, la ha abandonado, dejando el paso franco a sus aborrecedores. La nación mexicana ha quedado así en manos de quienes la destruyen. Sus adversarios la tutelan. Autonombrándose guadalupana, la gente de México no lo es en los hechos, y la orfandad que ahora siente es culpa suya. María nunca se apartó de nosotros, nosotros nos apartamos de María: consentimos que quienes despreciaban sus caminos nos dirigieran; votamos porque los lobos se encargaran del rebaño.

Finalmente, la labor de los extranjerizantes, procuradores de la “felicidad” de México, muestra qué tan “felices” puede hacernos. Olvidada del deseo de María como nunca en su historia, la patria mexicana, seducida por el “progreso” y la modernidad materialista que pregona, aún busca la paz y la alegría en ella. No acaba de entender que su dolor no viene de una meta lejana, sino de una traición. No comprende que es en la seducción de las cosas ajenas a su ser primitivo donde anida su mal. Fue, precisamente, el desprecio a la Palabra divina, pregonado por los “liberadores” de México, el que atrajo la desgracia sobre el pueblo que tanto la había amado. Quienes divulgan ideales exóticos lo separan del fin que Dios, a través de su Madre, le dio.

¿Qué puede esperarse, entonces, de una tierra que fue llamada a la grandeza y se deja cautivar por la ignominia? “Guadalupano”, México, ¡segundo país católico más grande del mundo!, acaba de confirmar la legalización del aborto en la capital. Amadísimo por Dios en María, según parece su gratitud está en escupir al sagrado Ayate que dice venerar en el Tepeyac. Llamada a la vida —¡y qué vida!—, nuestra patria reniega de su grandiosa esencia y, envilecida por quienes ahítos de odios importados anhelan la muerte de Dios en su corazón, se revuelca en el fango a que se ha dejado arrastrar autorizando la masacre de los que ni siquiera han nacido. Muy “moderna”, nuestra nación acaba de dar una bofetada más al rostro ensangrentado de Cristo.

Hoy, muchos de nosotros, ¡“cristianos”!, somos dignos merecedores del vómito con que Dios condena a los tibios. “Fue un triunfo de la razón”, dijo Marcelo Ebrard al enterarse de la resolución de la Suprema Corte de Justicia. Sí, el triunfo de la “razón” ajena al verdadero México; el triunfo de la “razón” enemiga de María; el triunfo de la “razón” del odio al Evangelio; el triunfo de la “razón” de los cobardes; el triunfo de la “razón” egoísta y homicida; el triunfo de la “razón” de los lobos.
El sábado pasado hubo una “marcha por la seguridad”. Si no queremos asesinatos en la calle, que no los haya en los vientres. Si no deseamos que nos mate un extraño, que no lo hagan nuestros padres.

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