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Una historia verdadera Imprimir
Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 07 de Septiembre 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

Image Cuando se levantó para marcharse, me dijo que no le quedaba otra alternativa; que me agradecía el tiempo que le había concedido, pero que de todas formas abortaría.

Por el padre Juan Jesús Priego / San Luis Potosí

— Necesito hablar con usted  —me dijo la mujer. Era joven y se veía angustiada. No le importó que yo fuera por entonces un sacerdote recién ordenado, y tampoco se preguntó si tendría la experiencia suficiente para aconsejarla bien.

En efecto, yo era en aquel entonces un sacerdote muy joven: acababa de salir del seminario y no tenía en mi primera parroquia sino dos o tres meses de  llegado. Pero a la mujer esto pareció no importarle, o importarle poco, y me volvió a decir:

— Necesito hablar con usted, padre.
Cuando le dije que podía hacerlo, se acomodó en una silla, extrajo un pañuelo desechable de algún lugar, lo estrujó nerviosamente con la mano derecha, cogió otro nuevo de una bolsa de plástico y me dijo que estaba embarazada y que pensaba abortar. Por lo demás, se trataba de una historia muy parecida a todas las que solemos escuchar los sacerdotes: ella quería mucho a su novio, y porque lo quería tuvo relaciones con él, pero que él, ahora, le exigía tomar la solución pertinente al caso…
Aquella conversación duró mucho, acaso una hora o dos, pero no pude convencerla de que tuviera al niño.

Como suele ocurrir, su novio, al saber que ella había quedado embarazada, la abandonó, aunque no sin antes conseguirle una cierta cantidad de dinero para que hiciera con él «lo que ya sabía que debía hacer».

— Pero yo no soy una prostituta —me dijo la muchacha entre gemidos—. Yo no quiero su dinero, lo quiero a él.

Cuando se levantó para marcharse, me dijo que no le quedaba otra alternativa; que me agradecía el tiempo que le había concedido, pero que de todas formas abortaría.

Aquella noche no dormí. Me sentía amargado, frustrado, impotente. Dios me había mandado aquella mujer y yo no pude hacer nada para convencerla, para salvar una vida.

Hoy, casi nueve años después, cuando escucho los debates en los que ciertos líderes sociales se desgañitan hablando del «derecho de la mujer a hacerse extirpar ese montón de células que la mojigatería católica llama un hijo», yo sonrío amargamente y me digo que lo único que se defiende allí es el machismo, es decir, el derecho al placer de los varones.

El que había embarazado a aquella muchacha, ¿qué le dijo? «Aquí tienes este dinero. Es para que hagas con él lo que tienes que hacer». En realidad se lo daba para que abortara, y si ella se lo recibió fue porque pensaba hacerlo.

En dichos debates todos fingen defender a la mujer y hacen lo imposible para hacer creer que así es, pero la defienden sólo aparentemente, pues lo que en realidad quieren es que quede a salvo la libertad del varón para andar aquí y allá con una y con otra: la libertad de que luego todo se pueda solucionar con unos cuantos billetes. Un hombre que vive una vida promiscua y libertina, ¿cómo no va a querer que se despenalice el aborto? ¡Claro que lo quiere, y él más que ninguno! Por eso grita: «¡La mujer tiene ese derecho!». Lo que no dice es que, más que defender el derecho de la mujer, él está defendiendo el suyo.

Además, los que así discuten ¿saben que hay mujeres que, tras un aborto, difícilmente logran perdonarse a sí mismas? No, ellos no lo saben, porque no las confiesan, ni las sostienen espiritualmente, ni las ayudan a cargar su pena; ellos, por supuesto, no hacen nada de esto: ellos sólo se limitan a gritar, y, por supuesto, a cobrar su sueldo. ¡Ya quisiera yo que nuestros legisladores se sentaran aunque sea unos minutos a platicar con estas mujeres! Pero no, tampoco lo harán. No tienen tiempo, y —seamos sinceros—, ni les interesa.  Bastantes problemas tienen ya con saber cómo van a gastarse ese aguinaldo que, aunque ya sabían que iba a ser jugoso, no pensaban que lo sería  tanto. ¿Un viaje a Europa o un BMW? No, quizá un Mercedes Benz. ¡Dios mío, qué difícil elección!

Pero sigamos con mi historia. Hace unos meses, la muchacha, aquella misma muchacha del principio –que ya no lo era tanto-, vino a verme a la iglesia en la que ahora estoy. Y la verdad es que no la recordaba; quiero decir, recordaba su drama, su incertidumbre, pero no su rostro, ni su voz. Me dijo que durante mucho tiempo me había estado buscando de iglesia en iglesia pero que, al no encontrarme, dejó la cosa en paz hasta que alguien le dijo dónde estaba. Quería nuevamente platicar conmigo, aunque ahora de otras cosas: de ciertos problemas familiares que venía padeciendo y de la conveniencia o no de aceptar un trabajo que le ofrecían.

Cuando terminamos, su mamá la esperaba en la sacristía y, junto a ella, también un niño de entre siete y ocho años de edad en actitud aburrida.

— Siempre sí lo tuve —dijo para que sólo yo la oyera—. Se llama Enrique, como mi papá.
¿Era posible que éste fuera el niño que no iba a nacer?

— Mamá —dijo Enrique agitando un muñeco raro, chino, de plástico—, ya me quiero ir.
Ni siquiera me quiso tender la mano cuando su mamá le dijo: «Saluda al padre, Enrique». O era demasiado tímido o estaba demasiado aburrido.

Dentro de unos años, quizá este mismo niño se sume a los que dicen que la Iglesia esto, que los sacerdotes aquello, que Dios lo de más allá. No lo sé, pero es posible que lo haga para ponerse a tono con los tiempos que corran. Quizá sea también de los que griten: «¡La mujer tiene ese derecho!».

¡Ah, si él supiera, si él llegara a saber por qué y cómo es que está aquí!...

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