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LA CIENCIA ANTE LA FE
Ante el gravísimo atentado contra el derecho a la vida cometido recientemente por la Suprema Corte de Justicia de nuestro país al declarar constitucional la ley que despenaliza el aborto, la figura del doctor Jérôme Lejeune, uno de los fundadores de la genética moderna, se alza como un figura heroica y digna de admirar e imitar.
Por Adolfo Orozco Torres
Ante el gravísimo atentado contra el derecho a la vida cometido recientemente por la Suprema Corte de Justicia de nuestro país al declarar constitucional la ley que despenaliza el aborto, la figura del doctor Jérôme Lejeune, uno de los fundadores de la genética moderna, se alza como un figura heroica y digna de admirar e imitar.
El doctor Lejeune en 1959 publicó su descubrimiento de la causa del Síndrome de Down al encontrar una diferencia en un gen que fue bautizada como «Trisomía 21». Sus contribuciones en genética son numerosas; fue, además, un gran investigador en los daños producidos por la radiación sobre diversos organismos. Su excelencia académica lo llevó a ser nombrado director del organismo científico más importante de Francia: el Centro Nacional de Investigación Científica. Recibió innumerables premios y distinciones `por sus contribuciones en la búsqueda de la salud humana y fue pionero en diversas aplicaciones de la genética en la búsqueda de la salud.
Pero lo que me importa destacar en esta contribución son dos aspectos de su personalidad y de sus convicciones como científico y como creyente. El doctor Lejeune fue un ferviente y activo defensor de la vida humana desde su concepción.
En 1962 fue designado «experto en genética» por la Organización Mundial de la Salud. En 1974 ingresó como miembro en la Academia Pontificia de las Ciencias. En 1981 fue electo miembro de la Academia de Ciencias Políticas y Morales, y en 1993 inició la colaboración con Juan Pablo II para fundar la Academia Pontificia de la Vida, la cual fue creada el 11 de febrero de 1994, siendo designado su presidente fundador, aunque ya se encontraba muy enfermo y murió el 3 de abril de ese mismo año de 1994.
No ese este el lugar para hacer una revisión de sus logros científicos, pero sí de preguntarnos por qué una eminencia como esta no recibió el Premio Nobel de medicina. En sus palabras, él lo atribuyó a su participación en los foros de la ONU para legalizar el aborto, oponiéndose abierta y fuertemente contra este crimen. Ya previamente, en su país natal, Francia, había hablado fuerte y claro contra el denominado «aborto eugenésico», esto es abortar a un embrión o un feto que presenta deformaciones o malformaciones en el vientre materno; afirmaba que «eliminar» un embrión o un feto, por el hecho de tener algún defecto genético es un asesinato, sea cual sea la pretendida justificación. Su posición en defensa de la vida fue lo que lo excluyó definitivamente de que se le otorgara el Nobel. En una carta a su esposa después de una reunión en las Naciones Unidas le comentó que acababa de perder el Premio.
Esta actitud valiente en defensa de la vida por sus conocimientos genéticos que le indicaban que desde la fecundación ya se tiene a un ser humano que empieza a desarrollarse y que matarlo por cualquier concepto es un asesinato, le valió una serie de persecuciones que lo llevó a que le fueran retirados su apoyos científicos y que pusiera en peligro la subsistencia de su familia. Pero él siguió defendiendo sus principios, con una fe inquebrantable en Dios y en su misericordia.
Jérôme Lejeune es un mártir de la ciencia, de la verdad y de la fe. Por este motivo acaba de ser abierta su causa de beatificación por monseñor André Vingt-Trois, arzobispo de París, y Dios quiera que pronto lo veamos elevado a los altares, como un ejemplo luminoso de la armonía entre la ciencia y la fe, y de la actitud valiente y firme que debemos tener en defensa de la vida y de las convicciones. |