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De los miles que marcharon el sábado, ¿cuántos acudirían a una marcha para defender la vida de los seres humanos menores a doce semanas de existencia? ¿Cuántos medios de comunicación se sumarían a una convocatoria semejante?
Por Yusi Cervantes Leyzaola
De los miles que marcharon el sábado, ¿cuántos acudirían a una marcha para defender la vida de los seres humanos menores a doce semanas de existencia? ¿Cuántos medios de comunicación se sumarían a una convocatoria semejante?
El sábado pasado marcharon cientos de miles de ciudadanos en varios lugares del país para protestar por la violencia, la inseguridad y la impunidad de los delincuentes. Fue una manifestación digna de admirarse. Sin embargo, en la protesta no estuvo incluida la violencia más grande que puede cometerse, la del asesinato de los seres humanos más vulnerables e indefensos: los no natos. Las marchas no se ocuparon de la inseguridad en el vientre de su madre de miles de pequeños que son abortados; paradójicamente, el vientre materno es el lugar registrado como el más seguro en la mente inconsciente de los seres humanos. Lejos de esto, el crimen del aborto es legal en el Distrito Federal y en muchas partes del mundo. La cifra en México de hijos asesinados a pocas semanas de su existencia es mucho mayor que la de las víctimas de secuestros o la de ejecutados por narcotraficantes. Pero como nadie escucha el dolor de las víctimas del aborto, como sus cuerpos no reciben una digna sepultura sino que son tirados a la basura, y como los familiares cercanos —padre y madre— respiran aliviados porque ya no tienen que hacerse cargo de la consecuencia de sus actos, las marchas por la vida tienen menos eco y menos poder de convocatoria.
Escuché a una conductora de un noticiero local manifestar su pesar, sinceramente conmovida, por el ataque que hace unos meses sufrieron jóvenes emos. La misma conductora en otras ocasiones ha manifestado su apoyo al aborto y a los derechos de la mujer sobre su cuerpo —sin aclarar, por supuesto, que el del hijo que lleva en su vientre es un cuerpo distinto—. Esto no es raro: muchas personas viven esta dicotomía: se indignan por la violencia y por el asesinato de cientos de personas en nuestro país, pero no les conmueve en lo absoluto el asesinato de seres humanos en el vientre materno. Me pregunto: de los miles que marcharon el sábado, ¿cuántos acudirían a una marcha para defender la vida de los seres humanos menores a doce semanas de existencia? ¿Cuántos medios de comunicación se sumarían a una convocatoria semejante?
Hay también personas de buena voluntad que apoyan el derecho al aborto a causa de las muertes de muchas mujeres que se hacen practicar abortos clandestinos. Las he escuchado sinceramente conmovidas por la masacre a la que han sido sometidas algunas mujeres en los abortos clandestinos. Entonces, mejor que mueran los hijos que las madres. Si la vida del asesino está en riesgo, mejor despenalizar el crimen para que pueda cometerlo sin riesgos. Sé que es muy fuerte hablar en estos términos de las mujeres que se hacen practicar un aborto porque en muchos de los casos ellas son también víctimas de engaños, del abandono o rechazo de sus seres queridos, de la presión social... Se encuentran en un momento de angustia y desesperación, con frecuencia solas ante la eminente llegada de un hijo. Más culpa hay, tal vez, en el hombre que la abandona, los padres que la corren de la casa, la amiga que le aconseja abortar, el personal médico que practica el aborto, la sociedad que no protege a sus miembros más débiles, los medios de comunicación que apoyan esta práctica, los políticos que la promueven…
Miles marcharon el sábado, con veladoras y vestidos de blanco. Es buena la intención, es admirable la unión de la sociedad en torno a una protesta válida. Pero me temo ese camino es insuficiente para combatir la inseguridad y la violencia. Está bien la marcha, qué bueno que los ciudadanos manifiesten así su indignación, pero el problema va mucho más allá de lo que las autoridades pueden hacer -sin negar, por supuesto, que tienen mucho por hacer en este asunto-. La inseguridad, la violencia y la impunidad reflejan un grave deterioro de los valores fundamentales de la sociedad, una desintegración del sostén emocional y moral de las familias, una progresiva falta de respeto por la dignidad del ser humano, una cosificación de la persona, una desmedida búsqueda de éxito, poder y bienes materiales. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que, entre otras cosas, promueve la idea absurda de que el sexo puede desligarse de la procreación, que los varones no tienen por qué asumir ninguna responsabilidad ante un embarazo no deseado y que las madres tienen el derecho de asesinar a sus hijos?
Qué proféticas fueron las palabras de la madre Teresa de Calcuta cuando dijo que el del aborto es el mal más grave de la humanidad. |