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MIGRANTES: UNA MIRADA CATÓLICA
No podemos dejar de abrir los ojos a la realidad, ni podemos estar al margen de esta situación social.
Por Hugo Rodríguez Reséndiz
Las sociedades modernas se han construido tomando en cuenta que sus miembros tienden a la migración. Y hoy en día, este fenómeno nos llama a gritos a que mejoremos las condiciones de nuestros hermanos migrantes. Nuestro país se identifica con ello, ya que muchos mexicanos se encuentran fuera del territorio nacional, mayoritariamente en los Estados Unidos.
No podemos dejar de abrir los ojos a la realidad, ni podemos estar al margen de esta situación social. Sino que, desde la multidisciplinaridad, debemos encontrar soluciones a los problemas que se presentan con la migración. El gobierno, las instituciones, la Iglesia, todos los laicos, debemos apropiarnos de las circunstancias históricas de nuestros tiempos; tenemos que acercarnos a la problemática que se percibe en la colectividad.
La época en la que vivimos está caracterizada por la globalización. Globalización del lenguaje, de los medios, de la moda, etc.; pero, si todo se globaliza, ¿por qué las riquezas materiales no se globalizan?, ¿por qué no se instaura la ciudadanía universal?
No es tanto que los migrantes vayan a quitarles los empleos a los que son ciudadanos (pues bien sabemos que los trabajos que aquellos van a obtener son los que a éstos «les sobran», que son pesados, difíciles, rudimentarios, fatigosos), sino que, por experiencia histórica, la sociedad que marcha por buen rumbo ve como un peligro al migrante porque lo percibe como un extraño que amenaza, que debilita la seguridad de los lugareños, que viene a cuestionar el bienestar. A Jesús mismo le pasó, pues nació, creció y murió en un lugar en donde le daban trato de desconocido; es decir, conocía la experiencia de ser migrante, de sentirse extraño inclusive en su propia tierra.
En esencia, los migrantes no son acogidos en el lugar al que llegan debido a que los que son nativos de allí han perdido el sentido de humanidad, de fraternidad. Por ello es hoy urgente un cambio personal, desde el corazón, abrazando con fuerza las enseñanzas de nuestro Maestro, porque Él mismo dice: «lo que hacen con uno de ellos, lo hacen conmigo».
Dicho cambio tiene que reflejarse en lo político y en lo social. Porque los migrantes son precursores de las nuevas denuncias de los actuales sistemas políticos que degradan a la persona; porque ellos son los que denuncian que las sociedades conservan normas que ya no son adecuadas a la época en la que vivimos, totalmente global.
Entonces, lo que necesitamos es apropiarnos del mandamiento del amor («ámense los unos a los otros como yo los he amado»), porque sólo de esa manera no veremos al migrante, sino al hermano, al próximo, al ser humano.
De acuerdo con esto, podemos afirmar que el ser polaco, chileno, mexicano, estadounidense, es una condición meramente particular; pero el ser persona, eso es universal.
En efecto, el ser humano, el ser un ser-como-yo, equivale a una ciudadanía universal, donde todos gozan de los mismos derechos, de la misma dignidad, valores, obligaciones; en pocas palabras, a donde una persona vaya tiene que ser tratada de la misma forma que los demás, porque vale tanto como cada uno de los lugareños. Para decirlo de otro modo: ningún ser humano es ilegal porque somos hijos de un mismo Padre.
Con el único afán de darle gloria a Dios, debemos romper las fronteras territoriales que nos limitan; y así como se firmó el TLC para transitar libremente los productos, así deben circular las personas por doquier. |