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¡EUROPA POR CRISTO! 
Las huellas del cristianismo no sólo surcan los museos y las bibliotecas: tocan profundamente numerosos aspectos de nuestra vida cristiana.
Por Guido Horst Cuando se piensa en el cristianismo se piensa repetidamente en los testimonios en piedra de su historia: las basílicas paleocristianas de Roma, las catedrales románicas y góticas en Alemania (y España), pasando por las iglesias del Santo Sepulcro y de la Natividad en Tierra Santa. O también en el arte: a lo largo del mundo entero los museos albergan obras inspiradas por la larga tradición de la Iglesia y la fe de los artistas cristianos de las diferentes épocas. Uno no se puede imaginar la literatura, la filosofía y las ciencias del pensamiento sin las fuentes cristianas. Pero las huellas del cristianismo no sólo surcan los museos y las bibliotecas: tocan profundamente numerosos aspectos de nuestra vida cristiana. Todavía ahora contamos el tiempo a partir del nacimiento de Cristo, los nombres cristianos son evidentes, no se trabaja los días de las fiestas cristianas importantes... Pero esto no constituye más que la superficie. Por dondequiera que el cristianismo ha penetrado la cultura y la sociedad, ha creado una herencia, que incluso los regímenes ateos no han podido hacer desaparecer del todo: una humanización de la cultura que toca el corazón de la civilización. A través de los tiempos el cristianismo ha traído una respuesta a la cuestión de saber quién es el hombre, de dónde viene, a dónde va, lo que quiere decir encontrar la salvación personal. Que el cristianismo haya de confrontarse con las alabanzas o la hostilidad, no tiene importancia. Es de esta manera que de los derechos y de los ritos de los clanes ha nacido una sociedad moderna, un matrimonio monógamo como comunidad entre iguales. Los derechos del padre no incluyen ya el derecho de vida o de muerte sobre los miembros de la familia; las muertes por honor y la esclavitud fueron considerados inaceptables y abolidos. Por dondequiera que el Evangelio se expande (considérese la India, el África o las regiones pobres de Iberoamérica), encontramos esta humanización de la cultura. Con toda la razón podemos sentirnos orgullosos de nuestra herencia cristiana. Pero esto exige de nosotros también algo: debemos transmitirla de manera firme y ardiente a la próxima generación. Porque la tradición no es la ceniza sino la brasa escondida debajo de ella. |