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Marta Obregón, medallista desconocida Imprimir
Escrito por Javier Algara   
Domingo 31 de Agosto 2008

VÍGÍA

Image Las carreras que ellos han corrido y las coronas que han conquistado no son de las que merecen primeras planas.

Por Javier Algara

Estamos aún en medio de la atmósfera olímpica. Las medallas son el tema del día. Nombres de atletas hasta hace poco desconocidos son ahora pronunciados por los informadores deportivos con tonos de admiración y respeto. Es comprensible: llevarse el oro en la máxima competencia deportiva del planeta significa años de disciplina, sacrificios sin cuento, dietas, desmañanadas, interminables caídas y lesiones y voluntad de acero para levantarse. Los medallistas olímpicos son iconos de las metas a las que lo mejor del ser humano aspira. Los motiva el deseo de trascender: más rápido, más fuerte, más alto.

Hay otros medallistas, sin embargo, que pasan generalmente desadvertidos por el común de la gente. Casi ninguna cadena televisiva se atrevería a invertir en la producción de un programa dedicado a estos atletas sin nombre. Es que, si hemos de ser francos, las carreras que ellos han corrido y las coronas que han conquistado no son de las que merecen primeras planas. Mas, cuando se les conoce mejor, la admiración que uno experimenta no sólo nos deja boquiabiertos, sino que nos sacude la vida toda.

Quiero presentarles a una de esas campeonas, con la que me topé de pura casualidad, navegando en la Web. Su vida me sacudió. «¡Esto no sucede en estos tiempos!», me dije luego de leer su historia. Ella compitió, y ganó, en una prueba tremendamente demandante y, para colmo, impopular: la fidelidad a Cristo. Se llama Marta Obregón Rodríguez. Española, estudiante de periodismo, alegre y amiguera, en enero de 1992, a los 22 años, muere a manos de un gañán que no pudo quebrantar con amenazas su decisión de mantener su pureza.

Ella tenía todo para conquistar el mundo: era guapa e inteligente, muy popular, dedicada y efectiva en su estudio y trabajo; su familia la apoyaba en sus proyectos y la quería; el novio la adoraba y respetaba. ¿Qué más podría desear una joven? Su meta era ser la mejor periodista del mundo. ¿No es eso en lo que todo mundo sueña? La experiencia concreta de la vida de la Iglesia, en una parroquia, a través del Opus Dei primero, y del Camino Neocatecumenal después, perfeccionó todo lo anterior, reorientándolo hacia una dirección trascendente y ayudándola a ella a superar las crisis adolescentes a las que se vio sometida, dentro del ambiente descristianizado de la Europa de nuestros días.

Todo ello, obviamente, no explica automáticamente su decisión de preferir morir a traicionar el Evangelio en el que creía. «Amans fit amando», decían los viejos filósofos romanos. El amante se hace amando… con todo lo que el amor trae de exigencia, disciplina, entrega. Momentos antes de encontrarse inesperadamente con su asesino, Marta había pasado al sagrario a darle a Jesús las buenas noches. Cuando llegó el momento de hacer el esfuerzo supremo para conquistar la medalla de oro, ella estuvo a la altura de las circunstancias.

El arzobispo de Burgos, su diócesis, ha iniciado el proceso oficial para verificar sus virtudes y darla como ejemplo a la Iglesia del mundo.

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