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PROMOCIÓN HUMANA
No puedes evitar que Dios te ame. Existes, respiras y amas a causa de ese amor, que te anima y sostiene cada instante de tu vida.
Por Yusi Cervantes Leyzaola
El alma, decía santa Teresa, es «como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal», resplandeciente y hermoso, como perla oriental; es un árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, un paraíso adonde Dios tiene sus deleites. «No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad». Basta decir que el alma esta hecha a imagen de Dios para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del alma. (Moradas, capítulos 1 y 2)
Todos los seres humanos, hasta el más pecador de los pecadores, tenemos este castillo interior. El pecado lo oscurece y llena de tinieblas, de telarañas y sabandijas... Pero nada ni nadie puede destruirlo. Mientras tengamos vida, tenemos la posibilidad de sacar la basura, de limpiar nuestro castillo, de pedir perdón, de ser redimidos.
Santa Teresa hablaba de ese castillo puesto en tinieblas por el pecado. Pero también podemos verlo sucio y oscuro, aunque realmente no lo esté, o aunque no lo esté tanto, a causa de las heridas recibidas a lo largo de la vida: hombres y mujeres que fueron maltratados de niños, ignorados, descuidados, tratados con cualquier tipo de violencia, pueden tener la íntima convicción de que su ser interior es sombrío, indigno, insuficiente... No se sienten merecedores de entrar en su interior, a su castillo, gozarse en él y, sobre todo, gozar de la presencia de Dios en él. Por consecuencia, tampoco permiten a nadie la entrada. Tienen miedo. Viven entonces como divididos, enajenados de sí mismos, separados de la fuente de vida que brota, que sigue brotando en su interior.
Pero la división es aparente. Las engañosamente sólidas barreras que ponemos son en realidad frágiles. Si pudiéramos en verdad separarnos de nuestro yo profundo, del castillo interior donde Dios habita en nosotros, en ese preciso instante estaríamos muertos.
Uno de los grandes errores que cometemos es confundir nuestras acciones, capacidades y creencias con nuestra esencia. Somos responsables de nuestras acciones, y de alguna manera nos expresan, pero no somos sólo nuestras acciones. Nuestras capacidades nos identifican, pero somos más que eso. Nuestras creencias acerca de nosotros mismos y de los demás nos conducen en la vida, pero son sólo una parte de nuestra persona. Tanto las acciones como las capacidades y las creencias podemos cambiarlas; en cambio, nuestra esencia, ese castillo interior, es inamovible. Es ahí donde fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Podemos ensuciar o limpiar ese castillo, pero no podemos quitarle o agregarle un ápice de belleza. Su grandeza, por cierto, no es merito nuestro, sino de su constructor.
Dios nos ama no por mérito nuestro sino por decisión suya. Nadie, ni el ser humano más perfecto, puede tener méritos suficientes como para merecer la inmensidad del amor de Dios. Lo cual es absurdo, por cierto, porque no se trata de merecer: el amor de Dios, ese que tenemos como modelo a seguir, es gratuito, libre e incondicional. Otra cosa son los méritos humanos, los que nos hacen crecer como personas, los que nos conducen a la Casa del Padre en el cielo.
No puedes esforzarte por ganar el amor de Dios: Él ya te ama. Esfuérzate, sí, por seguir a tu Señor, que es camino, verdad y vida.
No puedes evitar que Dios te ame. Existes, respiras y amas a causa de ese amor, que te anima y sostiene cada instante de tu vida. Si caes en el pecado, Dios no dejará de amarte: como buen pastor, irá a buscarte. Como Padre amoroso, esperara cada día tu regreso.
Cuando luchas internas te atormenten, cuando creas estar dividido o ausente, cuando creas no merecer el Amor, entra a tu castillo interior. El camino es la oración: entra a tu habitación, cierra la puerta y encuéntrate con tu Padre, que está en lo secreto. |