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CON PERMISO
Pero el amor de la madre Teresa no tenía nada que ver con la sensiblería. Cuando recogía niños abandonados en los cubos de basura o amortajaba cadáveres en su casa del moribundo, no presentía otra cosa que el contacto con Cristo abandonado y muerto, fuera de exaltaciones emocionales.
Por Miguel Aranguren / www.miguelaranguren.com
Los santos son signos de contradicción, pues santo es aquel que logra imitar a Cristo hasta la heroicidad. Y Cristo no pasó por el mundo entre rosas y alabanzas, precisamente. Teresa de Calcuta, al igual que Francisco de Asís, Tomás Moro, el indio Juan Diego, Teresa de Lisieux, Agustín de Hipona y los demás santos de la Iglesia, soportó hasta después de su muerte a lenguaraces que la acusaron de comprometidas afiliaciones políticas, derroche de fortunas e «integrismo católico». Eran pocos, pero contaron con rincones en cualquier periódico o espacio de televisión.
Me enteré de la muerte de la madre de los pobres por un programa español de noticias. Según el locutor, la madre Teresa se había empecinado con el mensaje anti-abortista, restando credibilidad a su figura de paz. Aún con mayor desvergüenza, azuzó la calumnia al acusarla de utilizar tratamientos médicos dudosos porque exaltaba el sentido reparador del dolor, y de atacar la planificación familiar efectiva que, según parece, debe practicarse a golpe de preservativo y ligadura.
Yo conocí a la madre Teresa y colaboré con sus monjas en África, la India y España. Sin misticismos, porque era una mujer llana nacida en una aldea del país más miserable de Europa, comunicaba su cercanía a Dios. Eran sus ojos limpios, sus manos como rastrojos, su figura encorvada y el crucifijo amarrado al sari los elementos que hablaban de su bondad, hasta el punto que estremecía pensar que el Creador tuviera como predilecta a esa mujer vieja y diminuta, confirmando el mensaje evangélico de que Dios habla con los humildes y pobres de corazón, con los que son conscientes de su nada y a la vez se saben recogidos en un amor inmenso, infinito, con el que se puede vivir hasta en la basura sin sentirse jamás abandonado.
Su revolución de alegría no tiene precedentes en la historia: de Norte a Sur, de Este a Oeste se extiende un reinado de compasión. Allí donde nadie quiere estar, sin boato, sin efectismo, sin grandes medios, sin ningún tipo de lujo, sus hijas de la Caridad cuidan a la escoria de los hombres. Y aunque desde los años sesenta del pasado siglo contó con el asombro de la prensa internacional, la obra de la madre Teresa no es un éxito del merchandising sino que se cimienta en algo más misterioso y a la vez más sencillo: el amor que por Dios merecen todas las criaturas, desde el leproso al travestido que muere mordido por el SIDA, desde el niño síndrome de Down al loco, desde la prostituta a usted y a mí. No hay ratas ni gusanos que puedan con el amor con que la madre Teresa cruzó los océanos, enamorando de su mensaje a princesas y políticos, a amas de casa y taxistas.
Pero el amor de la madre Teresa no tenía nada que ver con la sensiblería. Cuando recogía niños abandonados en los cubos de basura o amortajaba cadáveres en su casa del moribundo, no presentía otra cosa que el contacto con Cristo abandonado y muerto, fuera de exaltaciones emocionales. Sobrecoge entrar en sus casas y encontrarse en todas ellas un crucifijo junto a la leyenda escrita en la pared: «Tengo sed». Es el mismo sediento de hace veinte siglos, que no se siente saciado a pesar de los adelantos de la ciencia. En la mayoría de los casos, no es un Cristo que se contente con un solo trago, sino que necesita la caridad continua de nuestra agua.
Nuestra incredulidad hace que nos enfrentemos a los milagros con la superchería de los paganos. Estamos dispuestos a creer en Dios a condición de que bailen los astros o de que el mar de pronto se vacíe. No nos damos cuenta de que milagro es el cumplimiento fiel y diario de una vocación como la de la madre Teresa, sin descansos, sin complacencias, sin vacaciones. Milagro ha sido que este mundo sordo se haya inclinado a escuchar las palabras de la santa de Calcuta. Su mensaje corre por las páginas de los periódicos, por los libros y por las hondas de la radio y la televisión, aunque no sea del todo comprendido. Su repetición insistente de que la lacra de la humanidad es el aborto no era palabrerío vano sino la toma de conciencia de que una sociedad que elimina a sus hijos antes de nacer, está muy lejos de rozar esa entrega y alegría en la que la paz es posible.
Aunque el mundo se siente en deuda con ella, los cristianos creemos que la intercesión de los santos es mucho más eficaz desde el cielo, por lo que no tenemos duda de que los pobres y los enfermos cuentan con una aliada muy cerca de Dios. Para ella no había nada peor que la soledad: ni la lepra ni la tuberculosis ni la difteria. Se sobrecogía al conocer que en los países del Norte de Europa las casas no tienen timbre porque no se estilan las visitas. Un mundo que es capaz de semejante aislamiento está muy lejos de los mínimos necesarios para conocer la felicidad, y por esta razón abrió sus hogares en muchas naciones desarrolladas.
Hace unos años que una amiga mía entró en el noviciado de las Misioneras de la Caridad. Tenía carrera universitaria y gozaba de un futuro con perspectivas agradables. Sin necesidad, lo dejó todo para abrazar el espíritu que fraguó la madre Teresa. Este mundo tan controvertido necesita de estas estrellas de misericordia. |