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El «Secreto» Imprimir
Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 31 de Agosto 2008

LUCES Y AMORES

Image Si es verdad que los poseedores del «Secreto» obtienen resultados con su creencia, ¿quién está detrás de ellos?

Por Alejandro Soriano Vallés

Conocida es la frase de Charles Baudelaire: «La astucia más grande del diablo consiste en hacernos creer que no existe». Por ello, resulta ridícula la mentalidad moderna que se burla de quienes aseveran su realidad pero, al mismo tiempo, se deja embelesar por el poderío del llamado «Secreto». Efectivamente, disfrazada de terminología pseudocientífica (se hace uso y abuso de conceptos que ni se entienden ni vienen al caso, como «relatividad» y «cuántico»), vemos difundida en los últimos años la creencia de que el «universo» se halla a disposición de quien lo solicite. Tal sería, en su simplicidad aparentemente inocua, el «Secreto». Según este peregrino supuesto, basta con desear algo con suficiente intensidad para que el «universo» lo conceda.

Deberíamos, sin embargo, preguntarnos qué quiere decir «el universo», porque, de acuerdo con las verdaderas teorías científicas, se trata de un inmenso compuesto material y, por tanto, carente de voluntad. El «universo» que la ciencia estudia (de cuyo análisis han surgido los antedichos conceptos físicos «relativo» y «cuántico»), es así impotente no sólo para «arreglarse» con acuerdo a nuestros deseos, sino simple y sencillamente para «escucharnos». El «Secreto», luego, falsea algo serio, presentándose como si lo fuera.

Ahora bien, si miramos con cuidado, notaremos que los poseedores del «Secreto» no demandan al «universo» bienes espirituales. Sus corazones no anhelan los dones del Espíritu Santo; lo cual resulta lógico pues, si lo hicieran, ni habría «secreto» ni haría falta el «universo» para obtenerlos. Al contrario, quienes se entregan a los «misterios» del  «Secreto» piden al «universo» bienes de este mundo: objetos, poder (dominio corporal de los demás) y salud; lo cual, como es palmario, parece coherente, pues solicitan cosas materiales a algo que se presupone material. Sin embargo, si hacemos caso a la verdadera ciencia, notaremos algo raro: la materia no obedece así como así a nuestra voluntad: sin acción física (es decir, material) sobre ella, permanece indolente. Surge entonces una pregunta inquietante: si es verdad que los poseedores del «Secreto» obtienen resultados con su creencia, ¿quién está detrás de ellos?

El que recorra los pasillos de las librerías se topará en sus estantes con un sinfín de textos sobre el «poder de la mente», los ángeles, las «bondades» de la «magia blanca», «brujería», etcétera. Vestidos de auxiliares de nuestra «felicidad», estos viejos conocidos del hombre resurgen en una época que se supone la más avanzada científicamente de la historia. Cuando presumíamos que estaban desterrados, reaparecen con mayor fuerza. Muchos modernos, puesta su fe en el «Secreto» de que bastará con desear algo para que el «universo» lo «conceda», tendrían que reflexionar sobre a quién realmente están pidiendo lo que a sólo Dios debe pedirse. Para ello, quizá la frase de Baudelaire arriba citada les resulte útil, pues no es gratuito que, entre los múltiples textos que de forma más o menos descarada reclaman una ayuda que no es de origen divino, el «Secreto» tenga primacía. «Combatimos contra poderosas fuerzas espirituales», dice san Pablo. Ellas son dueñas de este mundo, de este «universo». Si es verdad que el «Secreto» funciona, no pensemos en cómo logra el «universo» conceder lo que se le pide, sino en quién está detrás del «universo» y, por tanto, de la concesión.

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