|
LOS MENSAJES DE SAN PABLO
El llamado a la santidad puede parecer, al cristiano mediocre, como una quimera innecesaria e inalcanzable, y al francamente mundano como un contrasentido, un absurdo, una ridiculez, un anacronismo...
Por Walter Turnbull
El llamado a la santidad puede parecer, al cristiano mediocre, como una quimera innecesaria e inalcanzable, y al francamente mundano como un contrasentido, un absurdo, una ridiculez, un anacronismo... Sentimos que la santidad es un lujo que han querido y han podido darse algunos seres prodigiosos que nacieron ya con esa capacidad, pero no para nosotros los mortales.
San Pablo no lo ve así. Haciendo eco de Cristo, que nos invita a «ser perfectos como es perfecto el Padre Celestial» (Mt 5, 48), considera la santidad como la vocación fundamental de todo cristiano, la condición inherente y distintiva del cristianismo. Cuando escribe a los cristianos se refiere a ellos como «los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1Co 1, 2). Nos revela que nuestra santidad es a lo que se resume el plan de Dios desde antes de crear el mundo: «... por cuanto nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). «Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Tes 4, 3). Nos invita a que la busquemos como cumplimiento de nuestro ser cristianos: «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados» (Ef 3, 1); y nos advierte entre agradecimientos que es requisito para alcanzar la Gloria: «Y que den gracias al Padre que nos preparó para recibir nuestra parte en la herencia reservada a los santos en su reino de luz» (Col 1, 12).
Con toda razón, en estos tiempos modernos, lejos de renunciar al ideal de la santidad, la Iglesia nos insiste más en ella. El concilio Vaticano II, en la Lumen gentium, nos indica que «todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor», y Juan Pablo II lo reitera en varias ocasiones. En su carta apostólica Novo millennio ineunte expresa magistralmente: «si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial». En su Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XX Jornada Mundial de la Juventud 2005 nos apremiaba: «La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad». |