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DESDE EL VATICANO
El Santo Padre se dirigió a los miles de peregrinos presentes recalcando la importancia de la oración.
Por Sandra Ramírez
El pasado miércoles 13 de agosto de 2008, el Papa Benedicto XVI celebró la Audiencia General desde el Palacio Apostólico de su Residencia de Castel Gandolfo, lugar en donde no se celebraban las catequesis desde hace 30 años. El Santo Padre se dirigió a los miles de peregrinos presentes recalcando la importancia de la oración al señalar que «quien reza no pierde nunca la esperanza, aun cuando llegase a encontrarse en situaciones difíciles e incluso humanamente desesperadas».
Duante este periodo estivo el Pontífice ha recibido numerosas peticiones de oración. «En esos días fueron muchísimos los que me escribieron pidiéndome rezar por ellos». El primer servicio que puedo dar a la Iglesia y a la humanidad, explicó el Papa alemán, es el de la oración, «porque rezando pongo en las manos del Señor con confianza el ministerio que Él mismo me ha confiado».
Reflexionó después sobre el ejemplo de oración esperanzada y confiada de dos santos: Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), judía convertida al catolicismo; y San Maximiliano María Kolbe; ambos asesinados en el campo de concentración de Auschwitz.
Tras recordar a Edith Stein, cuya memoria se celebra el 9 de agosto,el Papa resaltó que «la oración fue el secreto de esta santa co-patrona de Europa». Refiriendose luego a San Maximiliano Kolbe, el Pontífice avirtió que «de amor fue la heroica prueba y generoso ofrecimiento que él mismo hizo de sí al cambiarse por un compañero de prisión, ofrecimiento culminado en la muerte en el bunker, de hambre, el 14 de agosto de 1941».
Benedicto XVI saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española, invitándolos a contemplar el testimonio de San Maximiliano María Kolbe. «Siguiendo sus huellas, acoged con humildad la Palabra de Jesucristo, meditadla cada día y llevadla a la práctica con valentía y constancia». Finalmente, a ejemplo del santo, Joseph Ratzinger exhortó también a confiar en el amor y el dulce amparo de la Virgen María para «renovar nuestra confianza a quien desde el Cielo cuida con amor materno de nosotros en todo momento. Esto es lo que en efecto decimos en la familiar oración del Ave María, pidiéndole rezar por nosotros ‘ahora y en la hora de nuestra muerte’». |