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El aborto: expresión de una ideología Imprimir
Escrito por Jorge E. Traslosheros   
Domingo 24 de Agosto 2008

OBRAS Y RAZONES

Image El aborto: expresión de una ideología utilitarista del poder

Por Jorge E. Traslosheros

Desde que se planteó la reforma que despenalizó el aborto en la ciudad de México he tenido la oportunidad de platicar con muchas personas de distintas creencias y posiciones políticas. La experiencia ha sido rica en humanidad. Puedo decir que he encontrado receptividad en tres ideas que son centrales para la defensa de la vida: que el embrión humano es miembro de nuestra especie, que el aborto implica un daño objetivo en la mujer y que su liberalización genera un daño al sistema de derechos humanos y, por lo tanto, a la democracia que en ellos se sustenta. No todos han estado de acuerdo en los tres puntos, pero eso no ha implicado ausencia de diálogo. Agradezco lo mucho que tantas personas me han enseñado.

Sin embargo, también he encontrado dureza de corazón en cierto sector que se mantiene refractario a toda evidencia aportada por la ciencia, que se niega a todo diálogo y a la posibilidad de soluciones razonables. Debo confesar que en estos casos me he quedado con una profunda sensación de tristeza, lo que, afirmando mi voluntad de diálogo, me ha llevado a preguntarme sobre las motivaciones de tal cerrazón. He llegado a la conclusión de que se debe a la combinación de dos posiciones ante la vida muy propias de nuestra cultura, cuya mezcla ha derivado en procesos acelerados de deshumanización y que encuentra su expresión más acabada en la falta de respeto por la vida humana. Me refiero al utilitarismo y a la voluntad de poder. Me explicaré.

El utilitarismo nació como una propuesta ética de la modernidad industrial. Según ésta, los seres humanos nos movemos por el placer y rechazamos el dolor, por lo que será bueno aquello que sea útil para alcanzar placer. Quienes así lo plantearon, por ejemplo Stuart Mills, afirmaban también la existencia de placeres superiores que debían ser preferidos, como el arte y el servicio a los semejantes. Siendo un planteamiento en principio humanista por sus fines, tenía el defecto de centrarlo todo en el mismo individuo por lo que pronto derivó en un hedonismo de segunda mano. Hoy, por ejemplo, se afirma que es bueno aquello que es útil para darme placer sin importar los demás, ni el tipo de placer. Su expresión más acabada es el hedonismo ramplón y egocéntrico. Por otro lado, en el siglo XX ganó mucha fuerza la filosofía del empowerment, palabra traducida como “empoderamiento”, pero que es mejor llamar “voluntad de poder”. Según ésta, los seres humanos estamos movidos por el principio del poder, por lo que toda relación humana es de dominación, incluso el amor y el servicio a los semejantes. Siempre subyace la voluntad de dominar a los demás. Así, será bueno aquello que me otorgue poder, es decir, capacidad de dominio sobre mi persona y sobre los otros. 

Estoy convencido de que ambas posiciones se han fundido en una sola hasta generar una ideología hoy dominante en ciertos sectores culturales con gran influencia en la política y en los medios de comunicación, presente por igual en la “izquierda”, “centro” y “derecha”. El poder es la razón de ser y  fuente primordial de la felicidad, por lo que será bueno todo aquello que reporte utilidad para conseguirlo, incluso si ello implica pasar por encima de los demás. Es claro que quienes así piensan son refractarios a cualquier argumento sustentado en la razón. Así, el aborto debe mantenerse como política de Estado porque es útil al empowerment de hombres y mujeres. Gracias a ello se puede prescindir de un molesto intruso —que es el concebido— facilitando el alcanzar los fines de dominio y felicidad. No debemos olvidar que, cuando inició la discusión, lo que se quería era asentar como causal del aborto el que el embarazo fuera incompatible con los planes de vida de la mujer y, en consecuencia, con los planes de quienes la rodearan o se vieran comprometidos con el embarazo, sonadamente los hombres. Tal era la causa eficiente de la reforma en el D.F y, por mi experiencia, puedo decir que lo sigue siendo. Lo demás han sido fuegos de artificio.

El aborto es tan sólo una de las muchas expresiones de esta ideología utilitaria del poder. Como toda ideología es autoreferencial, es decir, desconoce todo diálogo con quienes piensan diferente y, ante su falta de razones, se cierra en consignas. También es cierto que donde empiezan las ideologías terminan las ideas y que ahí donde no hay ideas la inteligencia está ausente. No obstante, ante la cerrazón, debemos reivindicar el diálogo y la razón. A ellos jamás sería lícito renunciar, lo que obliga de manera especial a las personas religiosas. De lo contrario se corre el riesgo de convertir la religión, que debe ser fuente de de vida y de razón, en una simple y barata ideología. En esto Benedicto XVI también está en lo cierto. 

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