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CON PERMISO
Hoy me cuelo en sus hogares para lanzar unas pinceladas sobre el más importante desafío en el que pueden participar un hombre y una mujer: el matrimonio.
Por Miguel Aranguren
Uno no se casa para ofrecer a sus invitados langosta y foie de oca ni para lucir un velo de siete metros; y no tiene ningún sentido refrendar el «contigo para toda la vida» primero en una catedral, después en un juzgado, luego bajo el rito berebere y más tarde ante los dioses polinesios, si después se declara que hijos, mejor no, porque aún no se está preparado.
No es verdad que los columnistas nos empeñemos en destacar las cosas malas, turbias o negativas del mundo en el que vivimos. Al menos, yo no deseo pasar por agorero, porque cada día que comienza me resulta una colección de retos apasionantes, tanto los de la vida corriente como los que aparecen sin previo aviso. Reconozco que, cuando era un poco más joven y la adolescencia se confundía con la juventud, me enfadaba si las semanas no venían con una aventura intempestiva, y estaba siempre deseando alcanzar el verano para cerrar la mochila y largarme a conocer países remotos. Creía que las hazañas sólo eran posibles en la jungla o en los picachos de los Andes; y no, qué va, los grandes retos se desenvuelven estemos donde estemos, si vivimos con espíritu de deportividad.
Hoy me cuelo en sus hogares para lanzar unas pinceladas sobre el más importante desafío en el que pueden participar un hombre y una mujer: el matrimonio. No lo digo por tópico, sino totalmente convencido. Si frente a las exigencias del mundo de hoy alguien se embarca en el «sí, quiero» con todas las consecuencias, Indiana Jones se queda en lo que de verdad es una caricatura de aventurero. Ahora, no se hinchen de orgullo, porque cuando hablo de verdaderos héroes no me refiero a todos los que han pasado por el altar para confirmar que, en principio, se quieren, sino sólo a aquellos que pusieron por testigo a lo que estimaban más grandioso para comprometerse a una vida en común basada en la búsqueda constante de la felicidad del otro y, aunque sea a empellones, día a día se acuestan con la conciencia tranquila del deber cumplido.
El siglo XX tuvo aciertos tan honrosos como el teléfono o el computador, pero se escribió también con un sinnúmero de disparates. Uno de los más graves fue la pérdida del sentido de la fidelidad. La «cana al aire», símbolo del estúpido machismo, es hoy ideal de vida incluso para los que todavía no tienen edad de que se les blanquee el cabello. Me pregunto si no deberíamos darle un carpetazo al carnaval de matrimonios que nos ofrece la prensa del corazón, donde los cónyuges pronuncian el «sí» con la agenda repleta de compromisos extra-matrimoniales. Porque uno no se casa para ofrecer a sus invitados langosta y foie de oca ni para lucir un velo de siete metros, y no tiene ningún sentido refrendar el «contigo para toda la vida» primero en una catedral, después en un juzgado, luego bajo el rito berebere y más tarde ante los dioses polinesios, si después se declara en el reportaje-exclusiva de la luna de miel que hijos, mejor no, porque aún no se está preparado.
Es un disparate llamar «locura de amor» a las historietas de catre en las que no existe una pizca de generosidad, y alabar con el mismo entusiasmo a quienes viven más allá de cualquier compromiso y al matrimonio que fijó frente a Dios que lo suyo iba en serio, para toda la vida, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe.
Un conocido roquero que escribe canciones plenas de poesía urbana, recitaba que el abandono de su amada sería «más triste que una boda por lo civil». Reconozco que los juzgados no guardan el encanto de una iglesia, porque en sus oficinas no cabe un órgano ni el coro de los niños de la cofradía de San Buenaventura, ni hay un pasillo alfombrado y queda bastante ridículo vestirse con chaqué y tules. Pero eso es lo de menos. Aun a riesgo de que algún lector me anatemice, animo a todas aquellas parejas que no crean en el valor sagrado del matrimonio, en el sentido de la fidelidad o en la aportación maravillosa de los hijos, a que no pasen por su parroquia. Sugiero a los que crean que el matrimonio es sólo una firma en un papel y no un convencimiento moral de que su vida sólo tiene sentido en cuanto llene de felicidad la del otro, que se lo piensen muy bien antes de dar el paso o que se vayan a Las Vegas, en donde seguro les alquilan escenarios de cartón piedra acordes a sus necesidades, porque no es preciso implicar al buen Dios en una boda que no es boda de unos novios que —en el fondo— no son novios sino «compañeros sentimentales», «amigos» y toda suerte de adjetivos de peluquería.
Hay una vida plena de satisfacciones que la componen los hijos —correteando por una casa tal vez pequeña—, la elección de un tipo de educación —en el que los niños aprendan a valorar a las virtudes humanas y la fe antes que los idiomas o la aritmética—, los apuros para alcanzar el final del mes —con una colección de útiles pendientes que no se podrán comprar hasta que llegue la paga extra—, y las manos de nuestra compañera, siempre hermosas a pesar de los años que se nos echen encima. |