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FLOR DE HARINA 
La oración es como un juego con sorpresas. Rezamos para obtener algo. Pero si llegamos hasta el fondo de nuestra oración, vemos que podemos prescindir de lo que pedíamos.
Por el padre Justo López Melús Cuando el barquero se acerca al muelle, escribía Dionisio de Siria, arroja la soga y rodea con ella el poste de amarre. Luego tira de ella hacia sí. Pero no es el muelle el que avanza hacia donde está la barca, es ésta la que se acerca al muelle. He aquí en qué consiste la oración. No se trata de atraer la voluntad de Dios hacia la mía, con mis peticiones, sino de acomodar la mía a la de Dios. Rezar es hacer que nuestra barca se acerque a Dios. La oración es como un juego con sorpresas. Rezamos para obtener algo. Pero si llegamos hasta el fondo de nuestra oración, vemos que podemos prescindir de lo que pedíamos. Queremos que Dios realice nuestros proyectos y descubrimos los suyos. «Es curioso cómo cambian mis ideas cuando me pongo a rezar» (Bernanos). «Lo que normalmente se obtiene en la oración no es luz, sino energía para seguir buscando en la obscuridad» (Cabodevilla). Un hombre de negocios quebró y acudió a la oración: «No se solucionó mi problema, pero adquirí coraje para lanzarme a la acción». La oración, más que cambiar el acontecimiento —dice santo Tomás de Aquino— nos cambia a nosotros para que lo aceptemos. Y hasta el acontecimiento es ya distinto, visto desde la oración. Jesús en Getsemaní insiste al Padre que le libere de la Pasión. Pero Jesús termina aceptándola: «no se haga mi voluntad sino la tuya». «En la oración no se trata tanto de que Dios escuche lo que se pide, sino de que el que reza continúe rezando hasta escuchar lo que Dios quiere» (Kierkegaard). El pedir algo a Dios nos transforma, poco a poco, en personas capaces de entrar en el plan de Dios y de poder prescindir de lo que le pedimos. |