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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 17 de Agosto 2008

PÓRTICO

ImageEl secuestro y asesinato de Fernando Martí ha despertado una ola de indignación en todo el país, comenzando por el Distrito Federal, una de las ciudades más inseguras del mundo.

Por Jaime Septién

El secuestro y asesinato de Fernando Martí ha despertado una ola de indignación en todo el país, comenzando por el Distrito Federal, una de las ciudades más inseguras del mundo. A los 14 años de edad, Fernando Martí ha partido, de manera violenta y salvaje, a la Casa del Padre. A su familia nuestro más sentido pésame y nuestro reconocimiento por la entereza que ha mostrado tras haber sido encontrado el cuerpo sin vida de su hijo.

El padre de éste, don Alejandro Martí, anunció la creación de la Fundación Fernando Martí, para atender familias víctimas del infame delito que es el secuestro. Tras la misa de réquiem, en la iglesia de la Santa Cruz del Pedregal, se hizo pública esta magnífica respuesta de una familia atribulada. Una respuesta que ennoblece y dota de sentido cristiano la muerte de Fernando.

La misión de Fernando —dijeron sus familiares y el sacerdote que presidió la Santa Misa— es despertar a México del letargo en el que está metido. Su muerte adquiere una dimensión sobrenatural si sabemos entender el mensaje: esto no puede seguir así; no podemos, como sociedad, estar en manos del hampa; no podemos seguir dependiendo de tanta corrupción; no es humano ni mucho menos cristiano que una nación que surgió del acontecimiento gudalupano vea, con indiferencia, el triunfo de los desalmados.

Cerca de 98 por ciento de los delitos que se cometen en México quedan sin sentencia. Secuestrar, robar, matar, ultrajar al otro no es —para los criminales— un «negocio» inseguro: es seguirísimo. Tienen, apenas, 2 o 3 por ciento de posibilidad de ser encarcelados. Por lo mismo, ni cadena perpétua ni pena de muerte (ésta última rechazada por la Iglesia católica) son soluciones pertinentes. Lo mejor —es mi opinión personal— sería penas más suaves, pero que se cumplieran a rajatabla.

Nadie se merece lo que le está pasando a los Martí, como, tampoco, nadie se merece la impunidad frente a la cual sobreviven millones de familias —adineradas o pobres— a lo largo del país. Seguir expulsando a Dios de la educación tiene consecuencias tan nefastas como el horroroso crimen del secuestro. Seguir separando a Dios de la vida pública nos ha llevado a ser una sociedad dominada por los hampones. Nuestro agradecimiento a Fernando Martí, su joven sangre fue entregada para despertarnos. Desde el Cielo que rece por nosotros.

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