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Viaje hacia la incertidumbre Imprimir
Escrito por Hugo Rodríguez Reséndiz   
Domingo 17 de Agosto 2008

MIGRANTES: UNA MIRADA CATÓLICA

ImageNo saber qué va a suceder con la vida es una constante de los migrantes. En especial de los llamados indocumentados, de los que no se encuentran en los programas de intercambios laborales.

Por  Hugo Rodríguez Reséndiz 

No saber qué va a suceder con la vida es una constante de los migrantes. En especial de los llamados indocumentados, de los que no se encuentran en los programas de intercambios laborales. Encontrarse en esa condición los convierte en desfavorecidos frente a los que son residentes, ciudadanos o nativos de aquel lugar.

Nuestros connacionales que van hacia los Estados Unidos no pueden ser ajenos a esta realidad. Ponerse en marcha hacia la aventura del llamado «sueño americano» es como caminar por un sendero sinuoso con los ojos cerrados.

La primera dificultad consiste en  no saber si volverán al lugar de donde partieron, si volverán a ver de nuevo a sus seres queridos; porque es bien sabido que mucha gente indocumentada muere en el intento de llegar hacia el «otro lado».

Luego, cuando se está a punto de dar el paso que los ponga en territorio estadounidense, en gran número de los casos no se sabe cómo van a cruzar, porque los planes cambian tan repentinamente que, a pesar de que se haya tenido contemplado cruzar el río Bravo, una lluvia puede cambiarlo todo, y el plan se viene abajo.

O si deciden cruzar por el desierto, no saben qué se pueden encontrar en el camino. Es más, quizá ni saben el camino, o si les va alcanzar el agua para beber, si un animal venenoso les va a salir al paso, o si la patrulla fronteriza los va a detener; y si los detienen, no saben el trato que les van a dar, si sólo los deportan sin más o si los golpean, si los maltratan, si los dejan sin comer, o si les disparan balas de goma esperando que no les causen la muerte.

Las dudas de los migrantes no quedan en el trayecto, sino que  siguen acumulándose cuando llegan a trabajar; y aunque allá hay  quienes los esperan, será difícil asegurar si tendrán techo, comida y lo necesario para el aseo personal. Vamos, no saben si van a contar con trabajo, o de qué tipo es el que van a desempeñar, porque el no estar amparados bajo ninguna ley los trasporta a la exclusión, a la discriminación; porque en ese lugar ellos no cuentan, son nada, se encuentran desprotegidos, a la intemperie de las adversidades. No tienen a salvo sus derechos fundamentales, están abandonados al desamparo jurídico, lo que se convierte en una experiencia terrible.

Toda esta incertidumbre se experimenta en nuestros hermanos migrantes, porque en el sistema que rige en el lugar al que van, simplemente no cuentan.

Y eso es en los casos en donde los migrantes se conducen por sí mismos hasta allá, porque  cuando su transporte depende tácitamente de otras personas (los nunca bien ponderados «coyotes»), entonces existen otras incertidumbres: no tienen la menor seguridad de si realmente aquellas personas los llevarán al lugar que les prometieron, o si los van a abandonar en el camino; o si, en vez de cumplir su promesa de darles trabajo digno en EU, los llevan hasta allá para prostituirlos, para manejarlos como mercancía.

En general, el migrante tiene su maleta lista cuando se va de casa, y todo le puede faltar en su equipaje excepto la incertidumbre.

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