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Escrito por P. Melesio Domínguez R.   
Domingo 09 de Septiembre 2007

CONTEXTO ECLESIAL

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El mes de septiembre la Iglesia lo dedica a la Biblia, la Palabra de Dios, para honrar al gran biblista que fue san Jerónimo, un sacerdote del siglo IV y V que prácticamente dedicó toda su vida al estudio de la Sagrada Escritura.

Por el padre Melesio Domínguez R.

El mes de septiembre la Iglesia lo dedica a la Biblia, la Palabra de Dios, para honrar al gran biblista que fue san Jerónimo, un sacerdote del siglo IV y V que prácticamente dedicó toda su vida al estudio de la Sagrada Escritura. De joven estudió lenguas, las del oriente y las originales de la Escritura, y luego se fue a Belén.

Lo cierto es que hizo la traducción completa de la Biblia de sus lenguas originales, hebreo y griego, al latín, y que esa Biblia de san Jerónimo sirvió por muchos siglos como texto de la Iglesia de Dios.

Se trata, pues, de decir una palabra a ustedes sobre la Sagrada Escritura para animarlos a que la tomen en sus manos y la lean; no toda de corrido, porque es un libro muy denso con un contenido muy profundo, pero sí en pequeños fragmentos, como que se va alimentando día a día con la Palabra de Dios.

Para nosotros, los creyentes la Biblia, es un libro inspirado, es decir, tiene por autor principal no al hombre sino a Dios mismo, al Espíritu Santo, que inspiró en el Antiguo Testamento a los patriarcas y a los profetas, e inspiró también a los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento.

Sus autores humanos identificados son muchos, pero algunos son desconocidos; mas no importa tanto su autoría humana, sino la autoría divina que es la del Espíritu Santo.

La Biblia, podemos decir, se escribió en un lapso de mil años, de los tiempos del rey David hasta la época de los apóstoles y de la primitiva Iglesia, por diferentes autores humanos, distantes a veces en lo geográfico y, sobre todo, en el tiempo; sin embargo, lleva un solo mensaje, una historia de salvación que es la manifestación amorosa de Dios al hombre sobre lo que Él es, sobre lo que tiene pensado para nosotros y lo que quiere de nosotros.

La Biblia no es un libro de ciencias naturales, de cosmonogía, de astronomía o de historia puramente humana, es el libro de la revelación divina para manifestar al hombre que es digno de salvación; es un libro puramente religioso y tiene un centro, que es Jesucristo Nuestro Señor. El Antiguo Testamento fue una preparación al adviento de Cristo, y lo anuncia en aproximadamente 460 profecías que, según los estudios, se encuentran en sus páginas, profetizando a su Madre Virgen, el lugar donde había de nacer, el pueblo donde habría de vivir, las obras que debía realizar y, sobre todo, su Pasión, Muerte y Resurrección. Esto es algo maravilloso, porque de una persona no se puede decir tanto con tanta certeza y con tanto tiempo de anticipación.

El centro, pues, de la Sagrada Escritura es Cristo, anunciado en el Antiguo Testamento y presentado  en su persona de Dios Hombre, misericordioso amigo y Salvador nuestro, en el Nuevo Testamento.

Los libros de la Biblia son muy variados en cuanto a su estilo; unos son históricos, narran la historia de la salvación en sus principales hechos; otros son libros de oración, como los Salmos; unos más son libros de enseñanza, didácticos, de doctrina, como la mayor parte de los del Nuevo Testamento, y otros son también de revelaciones futuras, como los proféticos de Ezequiel e Isaías en el Antiguo Testamento, y el Apocalipsis del Nuevo Testamento.

Conocer la Sagrada Escritura es conocer a Dios, es conocer su plan de salvación y el amor que nos tiene, y, además de eso, constituye un alimento espiritual que llena el alma de luz, de consuelo, de fuerza.

Conocer la Sagrada Escritura, como dijo san Jerónimo, es conocer a Cristo.

En este mes de la Biblia, que todos los creyentes la tomen en sus manos y lean algo de ella cada día; insisto, un trozo breve porque es alimento muy sólido que van a ir digiriendo poco a poco, alimentándoles espiritualmente e iluminándoles en el camino de la vida.


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