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CON PERMISO
Tras aquel cabello blanco adivinaba que la vida se le empezaba a deshacer, a pesar de la gloria, a pesar de las joyas, a pesar de los amantes, a pesar de los pesares.
Por Miguel Aranguren
Supongo que Bette Davis, tan diva y tan loca, el día que sorprendió la primera cana en su rubia melena, rompió el espejo a puñetazos porque tras aquel cabello blanco adivinaba que la vida se le empezaba a deshacer, a pesar de la gloria, a pesar de las joyas, a pesar de los amantes, a pesar de los pesares. Yo no rompí el espejo, porque estaba en el cuarto de baño de la oficina y me jugaba un despido en toda regla y, sobre todo, porque no me importó. No puedo negar que me sacudió un hormigueo en el momento que avisté los dos o tres pelos níveos, pues se trataba de una novedad en mi cabeza, y aún hoy se me arquean las cejas al comprobar que de los tres he pasado a un puñadito más, pero si Felipe González (otrora presidente del gobierno de mi país) subió sus cotas de éxito a partir del día en que se tiñó las patillas de blanco, o el mismo Antoñete se convirtió en el torero de moda con su mechón ensabanado, supongo que la gloria literaria me llegará cuando se blanquee un poco mi juventud.
En esos momentos de soledad frente al espejo del cuarto de baño, me pregunto por la opinión de Mafalda, la «pequeña terrorista» del dibujante Quino, que despechó a su madre el día que ésta se arrancaba su primera cana, como si aquella escena fuese el comienzo del final. A lo mejor Mafalda ha dejado de considerarme una persona joven. Puede que se burle de mis problemas como si en ellos se escondiera la razón de mi envejecimiento capilar, mas tengo la coartada de que las canas son la señal de que no perderé mucho pelo y de que es mejor crecer y transformarse con los años que anquilosarse en una infancia o juventud perenne, como el protagonista del «Bomarzo» de Mujica Láinez, que provoca más piedad que envidia.
Todas las culturas importantes veneran a los mayores y consideran que las canas son la consecuencia de una vida cargada de experiencias. Para los niños de antes, un hombre con canas era testigo de más de una contienda aquí en la Península o en los mares de China. Las canas eran la respuesta a muchos inviernos con los riñones doblados sobre la tierra o a una vida escondida entre los tratados de una biblioteca. Las canas también representaban una historia de amor a la que venció la muerte o un cariño reposado después de que los hijos se marcharan, uno a uno, a comenzar esta aventura por su cuenta.
Allí por donde viajo, desde África a las Filipinas, las canas son símbolo de gloria, porque a la gente de color le tardan algo más en salir, justo cuando a los ancianos apenas les quedan compañeros de generación. Porque llegar a la vejez en el tercer mundo y lustrar el pelo blanco es algo más que cotidiano: es fortaleza y magnanimidad frente a los zarpazos del tiempo, la enfermedad o la miseria. Los pueblos que se sustentan en sus patriarcas conocen las limitaciones con las que nacemos los seres humanos, porque sus mayores las han vivido y son capaces de contarlas. Así, no se dejan llevar por la frustración cuando sufren un revés de la fortuna, por grande que sea.
Deberíamos recuperar la estructura familiar de hace unos lustros, cuando todavía no nos había llegado el recurso de atar a los abuelos frente al televisor para que no nos aturrullen con sus historietas. Me producen mucha tristeza las personas que murieron en vida hace cinco, seis, diez años porque no tienen con quién descubrir todo lo bueno que trae el progreso. Son ancianos a los que les apagaron el botón de la esperanza y que ya no se atreven a hablar demasiado alto, por si molestan.
Pero escribía sobre las canas, estas canas rebeldes que aparecen sin permiso y nos cambian el color del rostro. Esas canas que no las esconde ningún tinte, esas canas que saben de nuestras preocupaciones, alegrías y miserias. Esas canas que separan para siempre nuestra fisonomía de la adolescencia. ¿Son el principio del fin, tal como opina Mafalda? Supongo que no. De ser, son un accidente entre los avatares de nuestra vida, un juego del que disfrutan los años. Y prefiero mostrarlas a disimularlas, aunque con ellas -todas las mañanas frente al espejo-, me dé cuenta de que empiezo a ser mayor. |