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Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 17 de Agosto 2008

LUCES Y AMORES

ImageQuien en este país levanta la voz para no dejarse, es visto por el resto con ojos de desconcierto, como si de una falta de urbanidad se tratara.

Por  Alejandro Soriano Vallés

La semana pasada hablé sobre la justicia. Sobre cómo nuestros más pequeños y aparentemente inofensivos actos van minando la justicia en nuestra sociedad. Esto se complementa con la valentía que mostremos a la hora de hacerla valer. Por desgracia, en México existe la tonta idea de que protestar (y con mayor razón si es en público) es de «mal gusto». Quien en este país levanta la voz para no dejarse, es visto por el resto con ojos de desconcierto, como si de una falta de urbanidad se tratara. México, me ha dicho un amigo, es una nación de «agachones». Aunque duela aceptarlo, es verdad. Los abusos que sufrimos provenientes del gobierno, entre otros, se deben a ello. Me atrevo a contar una pequeña anécdota, que deja ver cómo en todos los ámbitos sucede lo mismo.

Hace unos años, mi esposa y yo veníamos de regreso de un viaje a Puerto Vallarta en un autobús de línea. A cierta distancia del lugar, en una zona de pronunciadas y peligrosas curvas, el chofer aceleraba, conduciendo de modo evidentemente peligroso, lo que ocasionó murmullos y veladas protestas entre los pasajeros. Cuando llegamos a la caseta de peaje, subió un oficial de la policía federal, preguntando si todo estaba en orden. A pesar de las anteriores muestras de inconformidad, nadie dijo nada, hasta que mi esposa se acercó para comentarle la manera riesgosa como conducía nuestro chofer. Luego de esto, el policía cuestionó al pasaje en voz alta si era verdad lo que mi mujer acababa de informarle. ¡Todos callaron! Seguramente no quisieron «perjudicar» a quien venía jugando con nuestras vidas.

Por desgracia, esta actitud sumisa se complementa con una idea falsa pero extendida en el pueblo católico: que Cristo quiere, ante todo, la «paz». Olvidando textos donde se dice lo contrario («no he venido a traer la paz sino la guerra»), se populariza un concepto de paz que, a todas luces, no es evangélico. El Señor desea la paz, en efecto, pero la paz nacida de la justicia. Y para que ésta se dé, debe haber acción entre los cristianos. Lamentablemente, la acción de que hablo resulta, la mayoría de las veces, incómoda. Incómoda porque exige enfrentarnos con «otro» (el violador de nuestros derechos, o de derechos ajenos), lo cual lleva, casi necesariamente, a momentos desagradables. Sin embargo, hay enfrentamientos necesarios y justos. A la mayoría le disgusta pelear; empero, hay veces en que es indispensable hacerlo. Cuando  se da tal situación, nuestro pleito es justo, y es precisamente lo que Dios exige de nosotros.

La religión no es cosa sentimental e interior, como los ateos y liberales del siglo XIX quisieron hacernos creer; la religión es cosa que brota de dentro y cambia al mundo. Mientras no lo entendamos y sigamos, por cobardía y respetos humanos, siendo agachones, reinará entre nosotros la injusticia.

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