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MIGRANTES: UNA MIRADA CATÓLICA
Pasa que… se tiene que abandonar a la familia. Hay que despedirse de los padres, de los hermanos, del cónyuge, de los hijos. Lo que pasa es que cuando se emigra, regularmente, se dejan atrás a las personas...
Por Hugo Rodríguez Reséndiz
Pasa que… se tiene que abandonar a la familia. Hay que despedirse de los padres, de los hermanos, del cónyuge, de los hijos. Lo que pasa es que cuando se emigra, regularmente, se dejan atrás a las personas con las que se ha estado muy de cerca, con las que se ha crecido, a quienes se ama. Creo que esta situación no es fácil de enfrentar, sobre todo si se tiene presente que quizá en el trayecto no se pueda salir bien librado. La necesidad de tener cerca a la familia, de sentir su afecto, se convierte ya en una más de las cuestiones a solucionar de los paisanos que van a Estados Unidos.
Pasa que se deja a los amigos, relegando las experiencias que se vivieron con ellos. En ciertos momentos se abandona la posibilidad de volverlos a ver, dejándolo todo a la eventualidad.
Pasa que lo único que se queda en los migrantes es el recuerdo de dónde vienen, los sabores que se recrean a ratos, los momentos de felicidad que han quedado en su memoria; y se hacen presentes a la hora de trabajar, de sufrir, porque eso es lo que les mantiene en pie de lucha, soportando lo inhóspito que pueden ser aquellos lugares.
Pasa que se aventuran a nuevas experiencias de caminar, pedir de comer a extraños, dormir en lugares incómodos, soportar temperaturas desacostumbradas. Y cuando ya por fin están allá, pasa que son tratados como esclavos.
Pasa que sólo las leyes los contemplan para el castigo por haber cruzado sin papeles.
Pasa que se enfrentan a otro mundo diferente al suyo, como el campesino que a penas conocía el pueblo donde vivía, y que ahora está frente a los grandes suburbios.
Pasa que se sienten extraños, pues no conocen el lenguaje, porque no saben pedir de comer, porque no pueden pedir trabajo, porque están desfavorecidos en la comprensión.
Pasa que una y otra vez son engañados, que no les pagan, que no pueden reclamar por la amenaza de llamar a migración para que los deporten; y que, encima de todo eso, pasa que muchos de ellos son tratados como animales, que laboran bajo condiciones que uno no puede creer, con el sol encima, con la nieve en la piel, con las manos callosas.
Pasa a ratos que los dólares apenas alcanzan para la renta de la casa, para la comida, y no para mandar algo a las familias.
Pasa que tienen que estar huyendo, que tienen que estarse movilizando constantemente de un lado a otro, porque el tener una residencia constante implica el riesgo de que se enteren las autoridades migratorias de su condición de migrantes.
Pasa que no pueden denunciar, pero sí pueden ser denunciados; que todo lo que hagan siempre se sujeta a la condición de ser sumisos, cautelosos, pero, eso sí, muy trabajadores, responsables y constantes.
Pasa que los que por fin logran tener un patrimonio de «este lado», los menos, se regresan, se traen cosas materiales, pero también se traen la cultura en donde vivieron tanto tiempo como migrantes.
Pasa que no pasa nada, porque día a día se repite la historia de los migrantes, que les pasa todo y a los que estamos aquí no nos pasa nada, nada para que nos preocupemos por ellos, para que nos pasen por la cabeza fórmulas, leyes, normas, proyectos, métodos, iniciativas, programas para que a ellos no les pase nada. |