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Escrito por Alejandro Soriano Vallés   
Domingo 10 de Agosto 2008

LUCES Y AMORES

Image«Idolatría es preferir lo visible a lo invisible», escribió el rabioso escritor católico francés Léon Bloy.

Por Alejandro Soriano Vallés

«Idolatría es preferir lo visible a lo invisible», escribió el rabioso escritor católico francés Léon Bloy. Era una manifestación de su idea de que lo visible es una encarnación de lo invisible, es decir, de que en realidad vivimos inmersos en una existencia sobrenatural, aunque la mayoría de las veces sólo percibamos la natural. Me parece que es éste el trasfondo de aquella rabia que lo hacía desesperar de hombres e instituciones. La civilización moderna, en efecto, ha esterilizado la Palabra divina hasta volverla un conjunto más o menos deseable de normas de comportamiento. Como si se tratara de un mero código moral, la ha vuelto «reglamentaria». La ha despojado de su principal elemento: la profecía.

Pese a que Bloy aseveraba que no era un hombre encargado de llevar a otros a Dios sino únicamente alguien en busca de Él, es cierto que, entre los profundos odios que despertaba, muchos lo consideraron un apóstol. Pobre, despreciado, vilipendiado, su voz se halló cargada muchas veces del tronido bíblico de los profetas. El mundo no lo quería porque el mundo no quiere a quienes son de Cristo. Porque el mundo no desea profetas. El escritor, «Mendigo de lo Absoluto», como se llamaba a sí mismo, cumplió en ocasiones la función de uno de ellos, seguramente sin anhelarlo.

«Ladilla, hiena, víbora, mosca de los establos, sapo, pulga, bicho de la roña», lo llamó uno de sus detractores. Sin embargo, alrededor de una decena de ateos y miembros de otras confesiones lo buscaron para convertirse al catolicismo. La obra y vida de Bloy poseen lo único que nuestra civilización verdaderamente no desea encontrar en la Palabra de Dios: la denuncia de la perversión en que se regodea. El Evangelio no es de ninguna manera una compilación de consejos para vivir bien, tampoco es un libro de admoniciones y recomendaciones, mucho menos un compendio legal. La Palabra divina es de la sustancia del fuego, y hace arder hasta el grado de volverse a un tiempo ineludible e intolerable. Quien la vive o, mejor, cuando ella vive en alguien, lo torna, muchas veces, despreciable, porque lo obliga a revelar el mal. Lo vuelve profeta, que tal es el sentido bíblico del término.

El mundo no desea que nadie le diga lo que está desviado. No le interesa ver más allá. Es idólatra, porque se complace en lo visible y repele lo invisible. He aquí el motivo de su ultraje a los profetas.

Con justa razón ese mismo mundo acusa a los cristianos de no ser evangélicos, o sea, de no ser cristianos. Tiene razón, porque ser cristiano no significa ni tener miedo de las cosas (que fueron todas ellas creadas por Dios y son, así, buenas) ni portarse «bien» (no robar, no matar, no traicionar, etc.), sino ser profeta. Y ser profeta representa señalar el mal donde se lo encuentre.

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