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LOS MENSAJES DE SAN PABLO
Con el creciente relativismo ahora las acciones pecaminosas se defienden como «derechos» o se aplauden como virtud. San Pablo nos propone un cuadro muy diferente: todos somos pecadores.
Por Walter Turnbull
Con el creciente relativismo ahora las acciones pecaminosas se defienden como «derechos» o se aplauden como virtud. San Pablo nos propone un cuadro muy diferente: todos somos pecadores.
Los hombres somos pecadores. Algunas teorías, por ahí del siglo XVIII y siglo XIX, discurrieron que el hombre es esencialmente bueno y que es la sociedad la que lo hace malo. Más recientemente, el creciente relativismo ha ido borrando de la lista de pecados muchas acciones que antes se consideraban desordenadas. Así, el pecado se comienza por tolerar, después se acepta y finalmente se defiende como un derecho o se aplaude como virtud. Queriendo alcanzar la libertad total, los hombres se esclavizan al pecado y de lo único que se liberan es de la justicia.
San Pablo, a la luz de la revelación de Dios, nos propone un cuadro muy diferente: todos somos pecadores porque todos somos descendientes de Adan, y el pecado, aunque el hombre no conozca la ley, igual lo esclaviza y lo lleva a la muerte.
Un solo hombre hizo entrar el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte. Después la muerte se propagó a todos los hombres, ya que todos pecaban. [...] Por eso, desde Adán hasta Moisés, la muerte tuvo poder, incluso sobre aquellos que no desobedecían abiertamente como en el caso de Adán. (Rm 5, 12-14)
Si se entregan a alguien como esclavos, pasan a ser sus esclavos y obedecen sus órdenes. Si ese dueño es el pecado, irán a la muerte [...] Hubo un tiempo en que llevaron una vida desordenada e hicieron de sus cuerpos los esclavos de la impureza y del desorden [...] Cuando eran esclavos del pecado, se sentían muy libres respecto al camino de justicia. Pero con todas esas cosas de las que ahora se avergüenzan, ¿cuál ha sido el fruto? Al final está la muerte. (Rm 6, 16-21)
...soy hombre de carne y vendido al pecado. No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto. [...] Puedo querer hacer el bien, pero hacerlo, no. De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mía sino del pecado que habita en mí. Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. [...] ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Rm 7, 14-24)
La única forma de deshacerse algún día del pecado y toda su injusticia es aceptar que se es pecador y que el pecado conduce a la muerte. |