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OBRAS Y RAZONES
Quienes apoyan y promueven el aborto han centrado parte importante de sus argumentos en negar la condición humana del embrión humano. El mismo enunciado ya constituye un absurdo pues implica negar lo evidente...
Jorge E. Traslosheros
Quienes apoyan y promueven el aborto han centrado parte importante de sus argumentos en negar la condición humana del embrión humano. El mismo enunciado ya constituye un absurdo pues implica negar lo evidente: que un humano es un humano. Sin embargo, de tanto repetir el aserto han logrado sembrar dudas en la opinión de la gente anestesiando la conciencia de no pocos. No podemos olvidar que, para quienes promueven el aborto, el argumento es central pues sólo en el caso de que el embrión no fuera un miembro de nuestra especie podrían justificar el darle muerte.
Para salir al paso de semejantes absurdos –el hecho y el argumento-, en primer término es necesario atender a los últimos descubrimientos de la ciencia. Así, ha quedado claro que desde la fecundación estamos en presencia de vida humana, es decir, de un organismo que posee sus propias estructuras y funciones, auto-programado, que sus cambios morfológicos demuestran que se encuentra en pleno desarrollo y que pasará por ulteriores etapas como la fetal, la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez y la senectud. Un desarrollo sostenido que sólo la muerte puede suspender ya sea que ocurra un minuto o cien años después. El embrión es un organismo estructurado, funcional, con desarrollo autónomo orientado a fines previsibles que pertenece a la especie humana. Sin embargo, haciendo caso omiso de la evidencia científica, hay quienes regatean o de plano niegan la condición humana del embrión bajo pretendidos argumentos de «objetividad científica». Así, en el debate que hoy se desarrolla en México, hay especialistas que afirman que antes del tercer mes de embarazo no hay ni existe humano alguno en el vientre de la mujer.
Por sorprendente que pudiera resultar a los ojos del lector, es también un hecho que entre quienes ponen en duda o niegan la condición humana del embrión y del feto no hay consenso alguno, es decir, que exponen muchas opiniones sin coherencia entre las mismas. Así, por igual encontramos a quienes dicen que la humanidad depende de la implantación del cigoto en el endometrio (segunda semana del embarazo); quienes dicen que ello depende de la aparición del corazón (semanas cuarta o quinta); también están los que centran su dicho en la presencia de un sistema nervioso central (semana doce de desarrollo); los que dicen que depende de la posibilidad de que el feto sustente la vida por sí mismo fuera del seno materno (séptimo mes de desarrollo); e incluso aquellos que afirman sin rubor que no hay ser humano hasta el momento mismo del nacimiento, como los partidarios del aborto por nacimiento parcial, un método equiparado con el infanticidio en fechas recientes por la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos. Ante tales inconsistencias, ¿cómo se pretende sostener una mínima opinión a ser considerada con seriedad? La condición humana de una persona, la que sea, no puede estar sujeta a la simple opinión orientada por el gusto o la conveniencia de una persona o un grupo determinado. Una afirmación de tan graves consecuencias exige, como mínimo, lógica y coherencia en los argumentos. Los que defienden y promueven el aborto, debe quedarnos muy claro, no han aportado razones de peso para negar la humanidad del embrión.
Ahora bien, supongamos sin conceder por un momento que existieran algunas razones más o menos suficientes para poner en cuestión la condición humana del embrión. En cualquier hipótesis, lo más que podría lograrse sería sembrar algunos cuestionamientos, pero de ninguna manera probar más allá de toda duda que no se trata de un miembro de nuestra especie en su primera etapa de desarrollo. Así, ubicándonos en el peor de los escenarios estaríamos en el terreno de la duda y ante la duda hay dos principios, dos razones de conocido Derecho que deben aplicarse para tomar decisiones justas. El primero de ellos indica que, bajo cualquier circunstancia, en caso de duda se debe favorecer a quien sufriría las consecuencias negativas de determinada decisión. El segundo principio nos dice que toda interpretación sobre derechos humanos debe realizarse en función del mayor beneficio posible, de manera especial cuando estamos en el terreno de la duda. En otras palabras, acorde a los criterios más elementales del ejercicio de la justicia se deben conceder todos los beneficios de la duda y de la interpretación de los derechos humanos a la protección de la vida del embrión. Defender y promover la vida es un asunto de elemental justicia y debe serlo para creyentes, ateos y agnósticos por igual. Los hechos y las razones así nos lo indican. |