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CULTURA
Quiero tu querer. Mas, ¿qué forma de identificarse con la alegría y el bienestar del ser amado sería más convincente y directa que la de querer el querer con que el querer quiere?
Por Carlos Díaz
Quiero tu querer. Mas, ¿qué forma de identificarse con la alegría y el bienestar del ser amado sería más convincente y directa que la de querer el querer con que el querer quiere? El yo y el tú, dos personas juntas en una sola primera-segunda persona, dos hermanas siamesas que respiran con la misma respiración y quieren con una única voluntad; mi alegría no es ya una reflexión sobre la tuya, ni una derivación de la tuya, ni una alegría en segunda potencia; no, nuestras dos alegrías son contemporáneas, igualmente iniciales e igualmente terminales, porque brotan de una misma fuente, de un mismo acto de amor. Quiero tu querer no quiere decir quiero como tú quieres, ni lo que tú quieres —es decir, lo mismo que tú quieres—, sino que es tu voluntad la que quiero en mí y en mí actúa: los dos sujetos formamos uno. La desapropiación de lo propio permite propiamente la apropiación de lo propiamente nuestro. Ponerse en la piel del otro o en lugar del otro no es abandonar la propia: es tu alegría en persona la que se alegra en mí intensificando mi propia vida con la tuya propia, y es tu tristeza la que se entristece en mí; yo espero con tu esperanza y temo con tu temor. Si la fórmula de la compasión es yo sufro cuando tú sufres, y la fórmula de la condolencia es sufro de lo que tú sufres, habría que decir que la fórmula del amor es: sufro tu sufrimiento.
Por ser tú Cuando se ama, aunque sea con amor pobre, no hay que fingir; la sencillez no es otra cosa que la confianza en el amor, el cual —él mismo, su gracia, no nuestro fingimiento— nos hace mejores de lo que somos. En el amor no hay doblez porque no hay temor a no ser aceptados, es la aceptación misma. Ni ocultación cabe, ni engreimiento cabe, pues la alabanza de quien ama no es el pago por el reconocimiento de la excelencia del amado, la cual puede existir o no, sino su constitución en persona excelente precisamente por el hecho de haber sido amada. Si el amado no es tonto ni engreído (aunque pueda ser amado pese a todo y pese a todos) él sabrá que no es ni tan maravilloso ni tan eximio como le ve con los ojos la persona que le ama, pues simplemente le bastará y sobrará con ser amado. Dicho de otro modo: el amado es eminente por ser amado, y no necesariamente por ser eminente; en todo caso, la eminencia de todas las eminencias es el amor mismo. Más aún, sólo después de amado podrá el amado llegar a ser eximio, pues el amor logra el milagro de dignificar al indigno dándole alas para alcanzar las cimas jamás sospechadas, y de este modo merecer un poco la estimación otorgada. Entonces es cuando sabe por primera vez que podría ser y sería de hecho toda esa maravilla que le dicen, que podría verificar y hacer bueno en sí mismo ese peculiar estilo de hacerle justicia, esa delicadeza y esa valentía, si consiguiese hacer realidad en su propia persona ese ilusionado y oculto diseño de sublimidad que el amante, a través de todas las deficiencias empíricas, ha sabido descubrir con su amorosa mirada. He ahí el poder creador y constructivo del amor, un fuego que todo lo purifica, eleva y transforma. No será jamás el desamor, la hostilidad o el desafecto lo que puede hacernos mejores, sino la dilección, la acogida y el don incondicional del cariño lo que pueda impulsarnos a ser dignos de tanto regalo. La puerta que no sea capaz de abrir el cariño, si la hubiere, no la abrirá nunca nada ni nadie. Nunca. Nada. Nadie.
Si amas, gratis ama El amante hace lo que hace no por amor al amor, sino por amor a la persona amada. Si la persona amada fuese amada por otros motivos que por ella misma, no sería amor: te ama menos quien contigo ama otra cosa, quien no te ama por lo que tú eres (minus te amat qui tecum aliud amat, quod non propter te amat san Agustín: Sermones, 185, 4). El amor no es selección entre cualidades, sino elección de personas. El amante, como el artista, elige la persona entera, la acepta en bloque, con sus cualidades y defectos, con los defectos convertidos en cualidades por cristalización imaginativa, pues queda comprometido en cuerpo y alma en su amor. Nadie se resigna a ser amado por su poder, por sus relaciones o por su fortuna, pues si se nos ama por el dinero no se nos ama por nosotros mismos; queremos ser amados por nosotros mismos, un átomo de interes ajeno al amor hiere este sentimiento apasionado, delicado y susceptible que reivindica la referencia absoluta. Por tanto, la pregunta no es: ¿la encuentras simpática, hábil y atenta?, sino: ¿estás de acuerdo con que haya venido a la existencia? ¿puedes decir honradamente: qué maravilloso que estés sobre el mundo?... Lo que dice es: ¡qué maravilla el que tú existas!.
El amor alcanza su madurez, su máxima altura y ensanchamiento, solamente cuando se dirige no ya a lo que el otro logra suscitar en mí, sino a lo que él es no tanto por las cualidades que tiene y puede perder, o que otros poseen en igual o en más eminente grado, sino por el misterio que él mismo es y por el destino de plenitud de ser y de bien hacia el cual se es atraído al mismo tiempo que él; si las pasiones subjetivas no corresponden a esa plenitud, no es posible construir un amor real, pues la vida en común es mucho más que la unión de dos egoísmos.
¡Qué maravilloso es el mundo! Todavía más: al amar a la otra persona, el hecho de amarla no sólo la embellece a ella, sino a las demás personas. |