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CON PERMISO
Son conscientes de que África respira gracias a los religiosos que gastan la vida al servicio de toda esa población hundida en el limo de la miseria.
Por Miguel Aranguren
En Europa –y más en España- hemos entrado en una crisis económica a la que no se adivina final. Cuando hace unos años despedimos a la peseta para recibir el euro, sentimos cierta vanidad por codearnos con los alemanes, otrora motor del viejo continente. Pero aquella expectativa resultó engañosa, y no sólo porque ahora estemos obligados a apretarnos el cinturón sino porque la aldea global, este balón de agua y tierra, reclama justicia. No es de recibo que los países occidentales levanten un muro que les separe de aquellos lugares del planeta en los que parece no salir el sol, ni que continuemos dando la espalda a quienes pasan la vida con la mano tendida.
Cada vez que leo un informe sobre la situación de África se me nubla la euforia, en buena parte porque llevo muchos años enfermo de eso que los antiguos exploradores nombraban como «la llamada» del continente de la aventura, que carcome el alma cuando estás lejos de esas tierras en las que te emborrachas con los colores de los secarrales y de las junglas, con la pureza de los cielos y de los amaneceres ecuatoriales, con la fauna y la flora, con su gente.
África ha sufrido todo tipo de desventuras al socaire de la indiferencia del resto del mundo. En apenas cien años pasó de la edad de los metales a una industrialización manejada por los hilos de la corrupción, que no tiene en cuenta el bienestar de sus habitantes. Si la colonización europea de aquellas magnas extensiones jugaba al trueque y al capricho, la descolonización fue –en buena medida- un abandono a su suerte o el subterfugio para seguir controlando el rancho desde la lejana metrópoli. En una tierra que sabe poco de ideologías, las dictaduras marxistas y las mesiánicas provocaron un dolor mesurable por los millones de muertos que alimentan el barro. Allí donde se necesitan infraestructuras, escuelas y hospitales continúa el tráfico de armas vetadas por las convenciones internacionales, pero que se fabrican en Occidente. Y por si fuera poco, la pandemia del sida, controlada en el hemisferio norte, castiga con saña a todos los estratos de la población, que no son clientes rentables para los laboratorios que fabrican los retrovirales y se guardan, como oro en paño, las patentes.
Los casi mil millones de personas que pueblan las sabanas, las costas, los desiertos y las selvas de África no acaban de comprender la división caprichosa de sus fronteras, ya que sienten con mucha más fuerza su pertenencia al continente -«mamá África», le llaman algunos-, que a cada una de las coloridas banderas que jalonan la sede de la Unión de Estados Africanos. Son conscientes –salvo allí donde domina el islamismo radical- de que África respira gracias a los religiosos que gastan la vida al servicio de toda esa población hundida en el limo de la miseria. La fe ha llevado esperanza allí donde la racionalidad sólo encuentra motivos para apagar la luz y echar a correr.
Resulta conmovedor, cada vez que surge un conflicto, cuando los embajadores de los países occidentales llaman a sus conciudadanos para evacuarlos de África. Entonces descubrimos que la caridad está mucho más anclada en la tierra que el afán de supervivencia, al menos entre los misioneros. Por eso África también es tierra de mártires en la que germina el cristianismo con llamativa fecundidad.
África es el último lugar de la tierra donde persiste el misterio. La solución a sus problemas no la pueden ofrecer dictadores ni libertarios, sino la disposición de sus propios ciudadanos para salir adelante, a pesar de todas las dificultades. Hace unos días, un viajero reincidente me comentaba que en cualquier carretera de África y a cualquier hora del día o de la noche, hay caminantes que vienen y van. Yo también los he visto al caer el sol, el cielo teñido con toda la gama de azules y rojos, cuando esos mismos caminantes entonan canciones en sus lenguas extrañas con las que agradecen a Dios los frutos del día, aunque el mañana parezca cada vez más desdibujado. |