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CON PERMISO
El tío Sam es un franco tirador muy certero que está acabando con buena parte de nuestras tradiciones.
Por Miguel Aranguren / www.miguelaranguren.com
Confieso que los españoles tenemos cierta facilidad para reírnos de nuestros propios defectos. Berlanga, un famoso director de cine, consiguió carcajearse de la España de la posguerra en «Bienvenido Mister Marshall», película que rompe en mil pedazos el mito del tío Sam repartiendo dólares, tractores supersónicos, mulas con siete patas y cerdos de veintitrés toneladas. Los habitantes de aquel pueblito castellano se desengañaron cuando el misterioso Mr. Marshall ni siquiera detuvo su comitiva para celebrar el fantástico guirigay que le había formado el alcalde con los vecinos del término, en el que no faltaban ni trajes de flamenco ni gitanos entonando romances bajo el sol de la árida Meseta.
¡Cómo cambian los tiempos! La generación de mis padres sólo tuvo en cuenta a los yanquis para protestar en contra del imperialismo. ¡América sí!, voceaban, pero la de la Cuba del «Che» y la guerrilla nicaragüense. A pesar de todo, el sueño gringo les cautivaba como nos cautiva ahora. Nuestra vida es cada día más impersonal: hemos poblado el argot del trabajo con la terminología de Hollywood (basta revisar el mundo de los computadores y celulares) y nuestro vocabulario de precioso español se desinfla a causa de los ricos diálogos del gran Stallone (oquey, yes, cenquiu, am sorry...). Sean sinceros, porque a la primera de cambio aparcamos la ropa con estilo por los despersonalizados bluejeans y unas zapatillas de tenis que parecen calzado de astronauta. Sin quererlo, nos dejamos arrastrar por el túnel de la personalidad colectiva, que es el reino de las risas enlatadas de los seriales de TV.
Hasta los que defienden al viejo Fidel no resisten a la tentación de caminar con los oídos encendidos en una balada de rock que emite un MP4, y comprenden mejor a la provocadora Madonna que las recetas salvadoras del último infierno comunista. En el fondo, si los jóvenes gobernaran prohibirían a Cervantes y a Rulfo en favor de la chica más insinuante de la última de dibujos animados de Walt Disney, y no se daría en clase de literatura otra lección que el análisis de las canciones de Prince. En el fondo, es lo mismo que si mezclamos el chicle con el más delicado de los manjares: toda una lección de mal gusto.
Este es uno de los déficit con los que hemos comenzado el siglo: el fin de las distancias ha sajado nuestras raíces y hoy un adolescente de Querétaro se siente más cerca de casa cuando escucha el indescifrable cacareo de Michael Jackson que ante una canción firmada por José Alfredo Jiménez.
A pesar de la crisis económica, en mi ciudad abre cada día las puertas un nuevo restaurante-basura. Por precios no tan baratos, unos camareros ataviados con gorras de béisbol y dispuestos a cantar el Happy Birthday a la primera oportunidad, sirven hamburguesas industriales, pizzas acartonadas, costillas rebosantes de grasa, pimienta y caramelo, pollo frito en aceite sintético, patatas de congelador y algunas involuciones de la gastronomía chicana. De postre, un helado de hasta veinte bolas de distintos sabores salpicadas con pastillas de chocolate, jugo de frambuesa, edulcorantes, antioxidantes, antiulcerantes... ¡Socorro!
El tío Sam es un franco tirador muy certero que está acabando con buena parte de nuestras tradiciones. Los tenderos de siempre, aquellos que exhibían en el escaparate trozos de bacalao en salazón junto a botellas de coñac mientras un gato se calentaba al sol de los cristales, no pueden hacer nada frente a la fuerza de las grandes superficies, esos macro-centros de ocio que parecen naves galácticas en las que podemos hacer la compra, rellenar nuestro armario con todo tipo de ropa, ver una película de cine enterrados en pop-corns, jugar a los bolos o disfrutar de las discotecas light en las que no se sirve alcohol a los menores pero sí botellines de agua para que ingieran sus pastillas alucinógenas.
Para satisfacer al hombre del nuevo milenio parece que nada es más eficaz que una hamburguesa de dos pisos bien cargada de pepinillo y mostaza, unas deportivas con luces de freno en las suelas y este virus al que los sabios llaman consumo, con el que el corazón va cambiando poco a poco, hasta convertirse en una batería digital. |