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PROMOCIÓN HUMANA 
Como consumidores, somos el último eslabón del sistema económico, y tenemos una responsabilidad.
Por fray Gilberto Hernández García, OFM Es evidente que vivimos en una sociedad que favorece el consumismo, y que nos hemos convertido en la generación del «usar y tirar». Esta práctica —basada en la lógica de la acumulación y competencia y en el fomento del culto a la imagen individual— se monta en un bien planeado aparato publicitario que presenta al consumidor sólo la información que resalta bondades reales e imaginarias de los productos, al tiempo que oculta otro tipo de información, como las repercusiones ambientales o las implicaciones de sus procesos agroindustriales —como el uso de transgénicos, por ejemplo—, o las situaciones de injusticia en que se generan ciertos productos. ¿Tanto consumes, tanto vales? El actual modelo económico, el neoliberalismo, favorece el consumismo que reduce a las personas al papel de meros consumidores sumisos: «Tanto consumes, tanto vales», parece ser la consigna del mercado global. En el fondo de esta estrategia se encuentra la finalidad de aumentar las ganancias de las grandes empresas sin reparar en las consecuencias sociales y ecológicas que sus prácticas implican. Sabemos que, al adquirir cualquier bien o servicio, el comprador entrega una suma específica de dinero, el cual será usado por la compañía productora para continuar el ciclo de producción, aumentando a dicho ciclo las ganancias obtenidas durante el ciclo anterior. Así, las «ganancias» que generan nuestras compras cotidianas pueden ser usadas para fomentar prácticas que promueven la justicia social y la conservación ecológica, u otras que dañan el medio ambiente y refuerzan diversas prácticas de explotación humana. Como consumidores, somos el último eslabón del sistema económico, y tenemos una responsabilidad. ¿Se ha puesto a pensar que con nuestra forma de consumir podemos influir en la marcha de la economía y del mundo de una forma directa? Un consumo consciente y responsable, orientado al fomento de actividades respetuosas con la naturaleza y justas con las personas involucradas en la producción, es una gran contribución y un instrumento de presión frente al mercado. Proteger, la clave Para contrarrestar el fenómeno del consumismo, el consumo responsable parte de la premisa de que, al momento de elegir de manera informada los productos y servicios que adquirimos, podemos influir en el mercado, es decir, en las nuevas tendencias de consumo que son permanentemente monitoreadas por muchas empresas chicas y grandes. Esto significa que, a partir de nuestro ejercicio individual de compra y la paulatina conformación de una cultura de consumo responsable, nos será posible contribuir a la protección del ambiente y a la mejora de las condiciones de vida y laborales de miles de personas, al decidir a quién le entregamos nuestro dinero. Esto es posible porque, al estar crecientemente informados, tendremos más elementos para preferir un artículo producido con prácticas responsables, sobre otros que buscan la reducción de sus costos con prácticas y tecnologías dañinas para el ser humano y para el planeta. |