|
¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? «Surgió como algo espontáneo en mi mente y corazón de niño: me gustaba imitar al sacerdote en la celebración de la Misa»

Habla el padre Prisciliano Hernández Chávez, operario del Reino de Cristo
Por María Velázquez Dorantes
¿Cómo nace la inquietud de ser sacerdote en usted?
La vocación es un llamado del Dios amor, del Padre, a través de su Hijo en el Espíritu Santo y en la Iglesia. Una vocación al amor que exige una respuesta de amor que conlleva el conocerla progresivamente en los diversos momentos clave de la vida.
En mí se empezó a manifestar, no como inquietud, sino como algo que surgió espontáneo en mi mente y en mi corazón de niño, quizá cuando empecé a tener conciencia de las cosas, por el gusto de imitar al sacerdote en la celebración de la Misa dentro del pequeño mundo de mi familia. El tocador era el altar; los ornamentos, los abrigos de los mayores; las formas, no de pan sino de cartón, y las palabras, el balbuceo de alguna que otra palabra en latín ininteligible para mí y los presentes. Me parecía muy extraño que «los fieles» no se tomaran en serio la celebración y que más bien les causara risa.
Ya después, en mi condición de monaguillo, sentí más un misterioso atractivo por el ministerio sacerdotal. Admiré a sacerdotes fieles, sencillos, sabios y cercanos a los niños que daban extraordinarios ejemplos de humildad, de entrega, de entusiasmo, y a veces de caramelos. Hoy los recuerdo emocionado; contemplo a Cristo Jesús que se acercó a mí a través de ellos.
El paso de la niñez a la pubertad supuso entonces sí una inquietud ante nuevas posibilidades de vida. Viví el dilema entre el sacerdocio o la expectativa de enamorarme y, en su momento, formar una familia.
Al final, Dios hizo más fuerte su llamado a través de mi cariño a la Santísima Virgen de Guadalupe y puso en mi camino una señal de pista elocuente que me permitió descubrir mejor su proyecto de amor sobre mí: la palabra y la guía del padre Enrique Amezcua Medina, fundador de la Confraternidad Sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo. Su invitación a formar parte de la naciente comunidad me hizo decidir mi entrada al Seminario, en el año de 1964, unos meses después de ser erigida la Confraternidad como Pia Unión, canónicamente dependiente de Abraham Martínez y Betancourt, obispo de Tacámbaro, en ese tiempo.
¿Cómo describiría su vida sacerdotal?
Es difícil describir mi vida sacerdotal por los diversos momentos, las variadas actividades y los procesos interiores a los cuales me he visto sometido en las diversas etapas sacerdotales de niñez, de adolescencia y de tercera edad por las cuales se pasa también en el sacerdocio. El deseo de estar cerca de Jesús Sacerdote, Buen Pastor, y sin embargo verte demasiado lejos del modelo y del compromiso que te lleva a pedir perdón una vez y otra vez y a escuchar en el fondo de tu corazón lo mismo que el Señor le dijo a Pedro: «¿me amas más que éstos?», y, con titubeos, digo: «sí te amo… Tú lo sabes»; pero no me atrevo a responder «más que los demás». Esas palabras ponen al desnudo mi condición frágil, como la de san Pedro, y, sin embargo, escuchas en tu interior esa voz dulcísima: «apacienta a mis ovejas, apacienta a mis corderos». Esto es extraordinario.
El Corazón de Cristo Sacerdote, entonces, te contagia su pasión de amor por la Iglesia, por las personas; le das sentido a todas las actividades: celebrar, predicar, orar, estudiar, enseñar, diseñar, escribir, convivir, correr, llegar tarde…
¿Cuáles han sido los retos más simbólicos que ha enfrentado como sacerdote?
Mantener el equilibrio entre la tradición y la modernidad, entre la modernidad y la tradición a través de los diversos caminos y de los grandes exponentes: los Padres de la Iglesia, los papas, los santos, los teólogos, los filósofos, los amigos, los fieles. Ese quehacer amoroso de buscar la realidad integral y multiforme en la dimensión de la verdad, de la bondad, de la belleza para gozarla y ofrecerla amorosamente a los hombres de mi tiempo. Siento cercana a este reto la presencia amorosa y educativa de la Santísima Virgen de Guadalupe. Me quiero sumar a su proyecto de hacer del mundo, el hogar de todos.
¿Qué experiencias como sacerdote le han dejado más impactado?
La confidencia de una mujer anciana que pepenaba en los basureros para dar de comer a sus hijos; confundió un veneno con harina y murieron algunos de sus hijitos. Su rostro y su dolor de madre indígena, —en paz descanse—, me dobló y me enseñó en parte las tragedias que padecen nuestros hermanos, los amados de Nuestro Señor y de Nuestra Señora, muchas veces incomprendidos por la intelectualidad, por los políticos, por ciertos cristianos piadosos y por la burocracia que también existe en nuestros ámbitos eclesiales.
¿Cuál considera que es la tarea más difícil para un sacerdote?
Ser santo, hoy. Místico en la acción, constante en la humildad y ser todo para todos. |