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LUCES Y AMORES

Llueve mucho, y tanta lluvia es buen motivo para pensar en nosotros.
Por Alejandro Soriano Vallés
Llueve mucho, y tanta lluvia es buen motivo para pensar en nosotros. Sentados a la mesa del café o en el silencio de la habitación; frente al vidrio que escurre o entre las sábanas tibias; la lluvia trae siempre un hálito de interioridad. Oyéndonos en su persistencia nos miramos en su niebla, y al sentirnos circundados algo germina en el corazón. Es el yo brotando del suelo fértil de la conciencia.
Llueve, y tanta lluvia es útil pretexto para saber de nosotros. A la luz de la tarde o iluminados por la lamparita de noche, hallamos las cosas valiosas que el agua nos acerca: esta pluma, aquel libro, la mesa, la cama donde meditamos, la propia lámpara; el amigo recordado, la esposa cercana, yo mismo...
Restos del naufragio de la vida moderna, el diluvio nos concede comprender que las cosas valiosas no están fuera, que eso que se salva, con nosotros se salva.
Proceloso mar, bajo el sol del buen tiempo la existencia contemporánea nos parece muchas veces abarcable porque dejamos de lado la violencia a que constantemente nos somete. Pilotos enfebrecidos, nos lanzamos, olvidados de nuestra persona, a la conquista de lo inestable y cambiante; anhelamos aquella isla verde; ese monstruo de valiosas carnes; el dorado horizonte de arenas centelleantes; y arrinconados así, en el puerto lejano, mujer, amigo y (a causa de ello) nosotros mismos, aullamos desde el voraz remolino de lo —siempre— exterior e incomprehensible.
A mediodía el mundo exterior parece nuestro. Es, empero, la tormenta la que nos otorga algunos bienes. Éstos que hoy, en la luminosidad macilenta, nos rodean. Llegan a la playa del alma por la tarde, entre el chubasco, donde los recibimos como una aurora de gracia, porque en su silencio entendemos que nada más nos es necesario; que su humildad debe ser la nuestra; que al lado del amigo y de la esposa uno basta, y con ellos el café, la pluma y el libro que, al arrimo de los ámbares de la noche, nos solazan.
Llueve mucho, y entre tanta lluvia algo chispea, como un hogar a medio bosque: es la conciencia de ser, allende las ligerezas de fuera, nosotros mismos. |