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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 20 de Julio 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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De creer a los maestros espirituales, el primer estadio que hay que recorrer para subir a la empinada montaña de la fe es la aceptación de uno mismo. ¡Cómo! ¿No es esto exagerado? De ningún modo, y los maestros explican por que...

Por el padre Juan Jesús Priego

De creer a los maestros espirituales, el primer estadio que hay que recorrer para subir a la empinada montaña de la fe es la aceptación de uno mismo. ¡Cómo! ¿No es esto exagerado? De ningún modo, y los maestros explican por que: difícilmente una persona que se resista a ver con gratitud su propia vida, verá con gratitud el mundo, a los demás e incluso a Dios. El que se rechaza a sí mismo está a un paso de rechazarlo todo: es un nihilista práctico que, tarde o temprano, acabará cayendo en un pecado terrible –acaso en el peor de todos- llamado desesperación. «¿Por qué me creó Dios de tal manera?», se pregunta éste lleno de rabia. Y continúa, indignado: «A decir verdad, pudo haberme hecho diferente: más atractivo, con otra nariz, con otro color de piel; en fin, un poco menos despreciable. Pero como me odia…». ¡Llega a hablar en sus monólogos interiores hasta de odio de Dios, lo cual, por supuesto, ya es demasiado! Un amigo que no se resignaba a su ya nada improbable calvicie me dijo un día: «Mire usted a aquel muchacho de pelo ondulado que va allá. ¡Hasta trenzas se hace el muy idiota! ¡Con lo que le quiten a éste en su próxima ida a la peluquería yo sería más que feliz! ¿Y me dice usted que Dios no quiere que haya ricos y pobres en este mundo, cuando Él mismo da a unos mucho y a otros poco?». Y agregó: «Si en nuestras cabezas hay tantas diferencias, ¿cómo no va a haberlas en la sociedad?»». 

Su argumento —debo confesarlo— era ingenioso y difícil de rebatir. Pero por ahora no se trata de eso, sino del odio que este hombre se tenía a sí mismo a causa de su poco pelo. 

Para evitar semejantes caídas, los maestros espirituales aconsejan ante todo el aprecio de sí como una de las virtudes más necesarias e importantes: «La raíz de la desesperación —dice Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés— está en el no querer aceptarse de las manos de Dios; cuando los hombres prefieren ser como los otros en vez de ser sí mismos, cometen un pecado le lesa majestad contra el Señor».

Por su parte, Romano Guardini (1885-1968) escribe así en La aceptación de sí mismo: «No puedo evadirme de lo malo que hay en mí: malas disposiciones, costumbres consolidadas, culpa acumulada. Debo aceptarlo y hacer frente a ello -así soy, esto he hecho-, y no con rebeldía: eso no es aceptación, sino endurecimiento…La suprema forma de evasión es el suicidio. No es ocioso hablar de él, pues cada vez se convierte más en uno de los grandes peligros de nuestra época. Mengua la fidelidad: también y precisamente como fidelidad al propio ser. La sensación de que ser yo sea un deber se debilita cada vez más, porque desaparece la conciencia de estar dado a sí mismo. Y como los modos de quistarse la vida se hacen más sencillos, el suicidio se vuelve cada vez más fácil y banal».

Cuando el gran poeta español José María Pemán (1897-1981) adaptó para el teatro El abogado del diablo, la novela de Morris West (1916-1999), introdujo en la pieza este pequeño diálogo entre el padre Anselmo y monseñor Meredith, el investigador de la causa de Giacomo Nerone:

«Padre Anselmo: Me odio a mí mismo.
«Monseñor Meredith: Eso es mayor pecado que todo».

Dos textos de Georges Bernanos (1888-1948), el escritor francés, confirman esta misma idea. Dice uno de los personajes de Diálogos de carmelitas, su gran obra de teatro: 

«Los santos no se endurecían ante la tentación, no se rebelaban contra sí mismos: la rebelión es siempre obra del demonio. Y, sobre todo, no os despreciéis nunca. Es extremadamente difícil despreciarse sin ofender a Dios en nosotros. Aun en este punto debemos guardarnos bien de tomar a la letra ciertas palabras de los santos; el desprecio de usted misma la llevaría pronto a la desesperación»

¿No se ha dicho que hay que ser pacientes con los demás? Bien, pues también con nosotros mismos es necesario practicar tan alta virtud. Una vez conocí a un muchacho noble y bueno que, en los momentos de desesperación, se abofeteaba a sí mismo y se jalaba de los cabellos con una violencia que causaba espanto. Le pregunté en cierta ocasión:

 — ¿Le pegarías así a tu mejor amigo?
 — No —me dijo—. A él no. 
 — ¿Y a un enemigo? 
 — Tampoco. No soy tan malo.
 — Y lo que no harías con un amigo, y ni siquiera con un enemigo, ¿te atreves a hacerlo contigo? Con todos eres bueno, pero contigo mismo eres malo, y eso no es virtud.

En La alegría —otra de sus obras-— Bernanos vuelve al mismo asunto: «Oh —dice uno de los personajes—, yo no desprecio a nadie, haga lo que haga, y ni siquiera podría despreciarme a mí misma. El desprecio es el veneno de la tristeza. Por más infeliz que pueda llegar a ser, nunca encontrará lugar en mí. No me da usted miedo, señor La Perouse, ni usted ni los otros. Durante mucho tiempo temí el mal, pero no como se debe: le tenía horror. Ahora sé que uno no se debe horrorizar por nada». 

Un famoso autor de obras espirituales de principios de siglo, el padre Faber, resumía con estas sencillas palabras el secreto de la vida espiritual: «La alegría es lo que más honra al Creador, porque demuestra que estamos contentos con Él». Pero, ¿cómo podremos estar contentos con Dios si estamos eternamente descontentos con nosotros mismos? ¿Me lo podría usted decir?


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