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Escrito por Diego García   
Domingo 20 de Julio 2008

CIVILIZACIÓN

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Don Carlos de Sigüenza y Góngora descubrió la verdad sobre los cometas y enfrentó a histéricos y disparatados

Por Diego García Bayardo

A fines de 1680 y principios del 81 pasó cerca de la Tierra un gran cometa que provocó singular expectación y miedo entre los habitantes de la Nueva España. Es cierto que los cometas han sido considerados casi universalmente como signos de mal agüero, incluso en nuestros tecnificados días, pero en el siglo XVII la superstición acerca de los cometas era muy fuerte porque estaba avalada por la astronomía. En aquellos tiempos aún estaba en pañales el método científico; la autoridad de agentes retardadores de la ciencia, como Aristóteles, apenas estaba empezando a ser cuestionada, y la creencia en que los astros influyen en el carácter o en el destino de las personas todavía era ampliamente aceptada por quienes estudiaban el firmamento. En resumen, la astrología y la astronomía aún eran la misma cosa.

El astrónomo mexicano que descubrió el agente causante del chiahuiztle

Fue en ese tiempo cuando brilló más que nunca el talento de un genio novohispano: don Carlos de Sigüenza y Góngora. Este intelectual criollo, nacido en la ciudad de México en 1645, fue uno de los científicos más notables de su tiempo. Matemático, cosmógrafo, historiador, poeta y astrónomo, alguna vez epidemiólogo y hasta novelista, don Carlos supo ser el hombre del momento, como en la ocasión en que salvó de un incendio buena parte de la biblioteca y archivo municipal de la ciudad de México, o cuando descubrió el agente causante del chiahuiztle, la epidemia que afectaba las cosechas.

Don Carlos había estudiado con los jesuitas en Tepotzotlán pero su indisciplina le impidió ingresar en la orden. Como clérigo secular, fue capellán del Hospital del Amor de Dios, y como astrónomo y matemático obtuvo una cátedra en la Real y Pontificia Universidad de México.

El miedo a los cometas

En 1680, cuando pasó el cometa, hubo miedo generalizado no sólo entre el pueblo, sino también por parte de algunos intelectuales que añadieron curiosos disparates a las ya de por sí peregrinas ideas comunes. El pueblo creía que los cometas eran señales de mala suerte o de divinos cataclismos, que tenían voluntad propia, que eran bolas de fuego y un largo etcétera de ideas erróneas y supersticiosas, pero además había intelectuales que validaban todo esto.

La respuesta de don Carlos

En 1681 publicó Sigüenza una obra titulada: Manifiesto philosóphico contra los cometas, despojados del imperio que tenían sobre los tímidos, en la cual rebatía los temores de los ignorantes y presentaba a los cometas como hechos observables de origen natural, por lo que don Carlos contribuyó de forma temprana y significativa a separar la verdadera astronomía de la superstición astrológica.

Oposiciones a la visión científica de Sigüenza y Góngora

No hay propuesta científica que no tenga enemigos, así que no faltaron mentes piadosas pero mal informadas que trataron de rebatir los argumentos de Sigüenza. Así, un tal Martín de la Torre escribió un Manifiesto christiano a favor de los cometas mantenidos en su natural significación, en el que trataba de defender las supercherías cometológicas ante el ataque de don Carlos. Éste, ni tardo ni perezoso, rebatió a su vez a de la Torre en su libro Belerofonte mathemático contra la chimera astrológica. Se notará, por los títulos, que todo esto ocurrió en la gran época del barroco...

¿Exhalaciones de los cuerpos de los difuntos?

Poco después, un médico llamado Joseph de Escobar Salmerón publicó una obra en la que proponía, por increíble que parezca, que el cometa recientemente visto se había formado por las exhalaciones de los cuerpos difuntos y por el sudor humano. Carlos de Sigüenza prefirió no responder a semejante cosa.

El traspié de Kino

Un ataque más serio contra la perspectiva científica vino de un personaje insólito: fray Eusebio Kino. Aunque este jesuita era matemático y cosmógrafo, trató en su obra Exposición astronómica del cometa... de defender el punto de vista tradicionalista, basado en la autoridad de Aristóteles y santo Tomás de Aquino. Don Carlos respondió de inmediato, todavía en 1681, aunque su libro no se publicó hasta 1690. Su obra se llamó Libra astronómica y philosóphica, y en ella, como era de esperarse, se basaba no en ideologías vetustas sino en las observaciones y teorías astronómicas de autores como Galileo, Descartes y Kepler. De hecho, Sigüenza se adelantó a Edmund Halley en proponer que los cometas son astros errantes, aunque este último, en su monumental Synopsis astronomiae cometicae, ya estudió el movimiento de los cometas a la luz de las nuevas ideas de Newton.

Un hombre de muchos logros

Carlos de Sigüenza y Góngora hizo muchas cosas después, como participar en la exploración de la Florida o escribir una novela de aventuras y piratas, pero quizá su mayor aportación intelectual, para la honra de México, fue su investigación y debate en torno a los cometas y a una astronomía científica. Ojalá surjan más pensadores católicos que defiendan la verdad sobre la naturaleza y el cosmos, en estos tiempos supuestamente progresistas en los que cualquier alucinado convence por internet a más de cuatro inocentes de que los cometas son señales del Apocalipsis o transportes que nos llevarán a conocer a los extraterrestres.


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