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Escrito por Yusi Cervantes   
Domingo 20 de Julio 2008

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¿Qué hay con las madres solteras, o los padres solteros, los divorciados, los separados? Hay personas solteras, viudas, consagradas. Hay también quienes tienen orientación homosexual. Vivimos en una sociedad de enormes diversidades, y el amor cristiano debe ser incluyente.

Por Yusi Cervantes Leyzaola

Un colega, Jesús Escamilla, me plantea dos inquietudes que le genera el manual de Sexualidad, platicando de sexualidad con mis hijos, escrito por la psicóloga Ana María Lavín y por mí. Una de ellas es acerca de mi afirmación respecto a que la de los esposos es la máxima expresión de amor posible entre los seres humanos. Esa la responderé en el próximo número de El Observador. La otra inquietud se refiere a que siente que el manual es excluyente en cuanto a que apunta todo el tiempo hacia el matrimonio: ¿qué hay con todos los demás? ¿Qué hay con las madres solteras, o los padres solteros, los divorciados, los separados? Hay personas solteras, viudas, consagradas. Hay también quienes tienen orientación homosexual. Vivimos en una sociedad de enormes diversidades, y el amor cristiano debe ser incluyente.

Estoy de acuerdo con esto: el amor cristiano, y por tanto nuestra actitud ante nuestros hermanos y hermanas, debe ser incluyente. Hemos de aceptar y acoger con respeto y consideración a todos, con especial sensibilidad hacia los que sufren, incluidos los marginados, los rechazados, los incomprendidos por grandes sectores de nuestra sociedad.

No podemos, sin embargo, llegar por esto a uno de los grandes males de nuestra época: el relativismo. Es decir, los principios han de estar firmemente trazados, pero hemos de amar a los otros y a nosotros mismos aun cuando no hayamos sido capaces de vivir de acuerdo con éstos. No nos corresponde juzgar; en cambio, sí actuar de acuerdo con la misericordia. Pero que quede claro: los principios siguen ahí, nos ofrecen los bienes más grandes y no seguirlos no es bueno; en todo caso, en ciertas circunstancias, es el mal menor. 

Por ejemplo, divorciarse de un hombre muy violento con ninguna disposición a cambiar puede ser lo mejor que puede hacer una mujer por su protección y la de sus hijos: esos niños estarán mejor sólo con su madre; pero estarían mejor todavía si el padre cambiara verdaderamente, si sus padres se reconciliaran y pudieran estar juntos en paz y con amor. Viendo hacia atrás, es muy probable que esa mujer tuviera indicios de esa violencia desde el noviazgo y que no hiciera caso de ellos. Tal vez no debió casarse con ese hombre a menos que él resolviera antes sus problemas emocionales. Otro caso: el de una mujer soltera que es excelente madre. Hay que admirar y reconocer la forma en que asume sus responsabilidades; sin embargo, por mejor madre que sea, jamás será también un padre. A su hijo le faltará siempre esa figura fundamental para la formación de la persona. Qué bien que sea una buena madre, pero mejor habría sido que tuviera ese hijo con su esposo, un hombre que la amara, la respetara y se comprometiera con ella. 

Lo que pretende el manual de sexualidad es proponer a los chicos las mejores opciones: el matrimonio como el mejor lugar para vivir plenamente la sexualidad; el noviazgo casto como un camino para que los novios se conozcan y aprendan a amarse sin arriesgarse a embarazos precoces y enfermedades sexuales; la sexualidad como una expresión de amor, con dimensiones unitivas y procreativas, y no como una actividad trivial y sin trascendencia, como propone buena parte de la sociedad. Cuando educamos, en general, proponemos los más altos valores e ideales. No queremos —porque no creemos que sea lo mejor para ellas y sus hijos— que nuestras chicas sean madres solteras, y por lo tanto no se los proponemos como alternativa. No queremos que nuestros chicos, presos de la pasión de la sexualidad, se casen con personas incapaces de amarlos en verdad. No queremos que sus matrimonios fracasen y terminen en divorcio. No queremos a nuestros jóvenes engañados respecto a que un condón los protege de toda enfermedad de transmisión sexual. No queremos que sufran los riesgos emocionales de una sexualidad sin amor. 

Todas estas cosas, y varias más, podrían ocurrir. Y cuando ocurren, sin perder de vista los principios, el camino a seguir es el del amor, la comprensión, el apoyo... Quizá sí nos hizo falta puntualizar en el manual lo importante y necesario que es el amor incluyente especialmente respecto a los hijos que, por la razón que sea, no viven de acuerdo con los valores que les hemos enseñado.


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