|

He descubierto que no me amo a mí misma. ¿Cómo puedo lograr hacerlo? No quiero ser egoísta.
Por Yusi Cervantes Leyzaola
Lo contrario al amor es la indiferencia. Lo contrario al amor a nosotros mismos es la indiferencia hacia nuestras necesidades, nuestros ideales, nuestros proyectos, nuestros sentimientos y nuestra felicidad. Hablo no de la indiferencia de los demás, sino de la nuestra hacia nosotros mismos.
Indiferencia es decir: «No importa mi opinión, con tal de que la familia esté en paz» o «con tal de no generar conflictos en el trabajo» o «con tal de que mis amigos me acepten». Es no descansar lo suficiente, no cuidar la salud, no hacer ejercicio porque «no tengo tiempo», no darle importancia a los legítimos deseos de superarse, de estudiar, trabajar o dar un servicio a la comunidad. Es soportar injusticias para evitar conflictos, hacer el trabajo que les corresponde a los demás, aceptar ser considerado como quien tiene el deber de servir a todo el mundo, quedarse hasta tarde, hacer el trabajo de otros. Es buscar primero la aprobación ajena, la aceptación de la gente. En otras palabras, es ser indiferentes a nosotros mismos y a nuestro derecho a vivir plenamente y ser felices.
Creemos que nuestro deber en la vida es amar y servir a los demás; y así es, este es uno de nuestros deberes. Pero esto va unido al amor a nosotros mismos, no en lugar del amor a nosotros mismos. El amor al prójimo y el amor a sí mismos van tan ligados, son tan inseparables, que hay un solo mandamiento para ambas cosas. Dijo Jesús: ama a tu prójimo como a ti mismo. Si somos capaces de amar a otra persona (esposo, esposa, hijo, hija, padre, madre, amigo, amiga…), también somos capaces de amarnos verdaderamente a nosotros mismos. Es más, mientras más sano y auténtico sea nuestro amor hacia nosotros, más sano y auténtico será también nuestro amor por los demás.
Porque será un amor sin miedos, sin dependencias... Libre, alegre, pleno. ¿Qué impide que muchas personas se amen a sí mismas? Muchas veces es que confunden este amor con egoísmo. Y son cosas muy distintas. El amor a uno mismo construye a la persona, el egoísmo la destruye, y de paso, destruye a los demás. Amarse a sí mismo significa buscar lo que verdaderamente es bueno para mí: mi salud, mi crecimiento, el amor, la cercanía con Dios. El egoísmo significa buscar lo que me agrada, lo cómodo, lo fácil... El amor a sí mismo es exigente. Si me amo, me obligo a mí mismo a trabajar, a estudiar, a cuidarme, a ser mejor cada día.
¿Por dónde comenzar? ¿Cómo lograr amarse a sí mismo? ¿Cómo hago para amar a los demás? Conociéndolos, escuchándolos, aceptándolos, respetándolos, cuidando de ellos, siendo considerado, ayudando a que crezcan, compartiendo la felicidad con ellos, siendo paciente y tolerante, valorándolos... La lista es larga. Y todas estas cosas podemos y debemos hacerlas también respecto a nosotros mismos.
Como todo amor auténtico, el amor por mi mismo también parte de una decisión e implica un compromiso. El amor es mucho más que un sentimiento: tiene que ver con la persona completa, incluidas, por supuesto, la inteligencia y la voluntad. Por eso es una decisión. Si no fuera un acto libre, no tendría sentido que fuera un mandamiento. De modo que, en realidad, el primer paso para amarnos a nosotros mismos es tomar la decisión de hacerlo: hoy decido amarme, me comprometo a hacerlo. |