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VIGÍA

Quien encuentra a Cristo encuentra el verdadero significado de su vida.
Ese encuentro marca el inicio real del discipulado y de su consecuencia
lógica: el testimonio misionero.
Por Javier Algara
Los documentos oficiales del magisterio de la Iglesia, por su naturaleza misma, tienden a estar cargados de sustentación escriturística, interpretaciones de la historia y reflexiones conducentes a la praxis pastoral. Algunos, como es el caso de los documentos emitidos por el CELAM en sus reuniones plenarias, tales como la de Aparecida, van acompañados de crudos análisis de la realidad en la que viven concretamente las comunidades cristianas, con sus carencias socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas. Las expresiones místicas sonarían discordes en esos documentos. Sin embargo, la reflexión respecto a los contenidos de los textos del magisterio, y sobre todo su transformación en motivación vital y su vivencia cotidiana en las comunidades cristianas, en la vida personal, bien harían en apoyarse en la experiencia mística y sus manifestaciones.
En Aparecida se habló del encuentro con Cristo como punto de partida para la fe y el consecuente cambio de vida de la persona. Quien encuentra a Cristo encuentra el verdadero significado de su vida. Ese encuentro marca el inicio real del discipulado y de su consecuencia lógica: el testimonio misionero.
Charles de Foucauld narra cómo, una vez que encontró a Dios, se dio cuenta que ya no podía hacer otra cosa sino vivir para Él.
Los actos de la vida cotidiana del cristiano son distintos a los de cualquier otra persona por la dimensión en la que los realiza, y es así como se convierten en testimonio preferente de la realidad de Cristo resucitado.
El amante protagonista del Cantar de los Cantares, poema que debería ser el favorito de todos los discípulos, describe esa experiencia: «Encontré al amor de mi alma. Lo aprehendí y no lo soltaré… Qué sabrosos tus amores más que el vino… Ponme cual sello en tu corazón, como un sello en tu brazo… Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado… Indícame, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño, para que no ande yo vagabunda tras los rebaños de tus compañeros». ¿O es peligroso para el discípulo y misionero alimentar y fortalecer su decisión de cambiar de vida y de colaborar en la transformación de la sociedad a través de querer experimentar místicamente el amor de Dios? ¿Será una actitud anacrónica, fuera del contexto de la realidad actual de la vida cristiana y de los tremendos retos que nos presentan la miseria, la globalización, la corrupción, la descristianización y el secularismo rampante, detenerse en poemas como el Cantar de los Cantares y manifestar con ellos nuestra fe, nuestro deseo de ser discípulos fieles y testigos del amor de Cristo? ¿La experiencia mística es siempre una ruta de escape de la realidad y del compromiso cristiano? ¿O es todo lo contrario? |