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PÓRTICO 
Mucho nos quejamos de la televisión en particular y de los medios de comunicación, en general.
Por Jaime Septién
Mucho nos quejamos de la televisión en particular y de los medios de comunicación, en general. Transmiten pornografía, desilusión, violencia; permiten y propician la homosexualidad, el rompimiento de la familia, el consumismo; privilegian el placer sobre el trabajo, la pasión frente a la duración, la ganancia contra la moral y un largo, muy largo etcétera. Sobre todo, los católicos nos quejamos de que tratan muy mal a nuestra Madre y a nosotros mismos.
Sin embargo, los seguimos usando con singular alegría y con un entusiasmo que hace de nuestras críticas y preocupaciones meras conversaciones de café. Por paradójico que suene, conocemos la maldad del veneno pero apuramos la pócima hasta no dejar nada en el vaso. La cantaleta es recurrente: «¿qué podemos hacer contra un poder tan grande, tan extendido, tan necesario para mantenernos informados, para no estar fuera del mundo, para conversar con los demás?»
Podemos hacer muchas cosas. Y voy a mencionar una sola: el boicot personal y grupal a aquella emisora o a aquel medio impreso que se dedique a maltratar a la Iglesia, a los sacerdotes, a los obispos y a los fieles. Boicot —explica el diccionario— es un acuerdo para causar daño económico a un individuo, a una organización o algún país, evitando toda relación con él.
Recientemente, en España, una cadena de televisión, La Sexta, emitió una andanada de insultos, en programas de variedades y de comedia, contra la Iglesia. Las organizaciones católicas reaccionaron con enojo. Organizaron un boicot de las familias para no ver más La Sexta y ello trajo, como consecuencia, que anunciantes tan grandes como El Corte Inglés o la cervecera Heineken retiraran su inversión publicitaria. Hoy La Sexta está obligada —por su economía— a dejar de hacerse la chistosa vapuleando al clero y burlándose de la religión cristiana. Está, como quien dice, de rodillas y pidiendo perdón por sus estupideces. Lo que demuestra que podemos hacer, y mucho, para que la Iglesia y la familia no sean destruidas ante nuestros ojos, con la complacencia criminal de tanta pereza. |