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San Pablo, modelo de discípulo y misionero de Jesucristo Imprimir
Escrito por Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán   
Domingo 06 de Julio 2008

AÑO DE SAN PABLO

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Quien ahonda en la figura y el testimonio de san Pablo no puede quedar insensible ante él, pero especialmente ante Aquel que lo transformó.

Por Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán

Con ocasión de celebrar los dos mil años del nacimiento del apóstol san Pablo, el papa Benedicto XVI ha concedido la posibilidad de ganar la indulgencia plenaria. Buen número de personas me han hecho algunas preguntas al respecto.

Cristo Jesús fundó la Iglesia sobre el grupo de los Doce Apóstoles, a cuyo frente puso a san Pedro. San Pablo no perteneció al grupo de los Doce Apóstoles, incluso en un principio fue perseguidor de los que creían en Jesucristo; pero tuvo un notable cambio en su vida, convirtiéndose en un apasionado discípulo y misionero de Cristo Jesús, difundiendo con valentía y convicción su Evangelio en muchas ciudades del imperio romano. No se puede entender la vida de la Iglesia en sus primeros años sin la vida y la misión de san Pablo.

Quien ahonda en la figura y el testimonio de san Pablo no puede quedar insensible ante él, pero especialmente ante Aquel que lo transformó: Cristo Jesús. Efectivamente, san Pablo llega a decir: «Todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 8); y «ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí» (Gal 2, 20); por Cristo y por el anuncio de Cristo, san Pablo padece cárceles, azotes, naufragios, peligros de ríos, de salteadores, días sin comer, noches sin dormir (cfr. 2 Cor 11, 22-31); pero su fuerza y su gloria está en Cristo Jesús, por eso exclama «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13).

Si el acontecimiento y el Documento de Aparecida nos lanza a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, este año jubilar paulino nos da el testimonio de un admirable discípulo y misionero. Veamos ahora qué significa la indulgencia que el Papa favorece que podamos ganar.

Por el sacramento de la penitencia Dios nos perdona los pecados que hayamos cometido; pero queda la pena temporal, de la cual podemos ser purificados mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia y obras de misericordia en la tierra, o después de la muerte en el purgatorio.

La indulgencia es el perdón que Dios nos concede de esa pena temporal, al aprovechar el «tesoro de la Iglesia», que es el valor infinito de la redención de Cristo y las oraciones y buenas obras de la Virgen María y de los santos, unidos a Cristo. Efectivamente, si con Adán somos solidarios en el pecado original, con Cristo somos solidarios en la gracia.

Cada quien puede ganar la indulgencia para sí mismo o también para algún difunto, una sola vez cada día. Se requiere confesión sacramental, participación en alguna celebración eucarística y comunión o alguna celebración piadosa en honor del apóstol san Pablo, oraciones por las intenciones del Papa (Padre Nuestro, Credo, invocaciones a María Santísima y san Pablo) y excluir cualquier apego al pecado, o sea luchar con firmeza por despojarnos del «hombre viejo», como dice san Pablo, revistiéndonos del «hombre nuevo» (cfr. Ef 4, 17-24; Col 3, 5-15); en otras palabras, con firme propósito de vencer la inclinación al pecado y de crecer en las virtudes.
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