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Escrito por Javier Algara   
Domingo 06 de Julio 2008

VIGÍA

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...los problemas que afectan a nuestros estudiantes y maestros son simplemente el síntoma de una enfermedad que está contagiando a los jóvenes de todos los continentes: la falta de algo que ellos puedan percibir como merecedor de su entrega y entusiasmo...

Por Javier Algara

Hace unos días se celebró en la Universidad Católica de Valencia el Congreso Internacional de Educación Católica para el siglo XXI. Algunas de las cosas que ahí se dijeron sirven para corroborar lo que muchos educadores de este lado del Atlántico ya veníamos sospechando: que los problemas que afectan a nuestros estudiantes y maestros son simplemente el síntoma de una enfermedad que está contagiando a los jóvenes de todos los continentes: la falta de algo que ellos puedan percibir como merecedor de su entrega y entusiasmo, lo que comúnmente se llama ausencia de valores.

Quienes trabajamos en el ámbito académico estamos cotidianamente expuestos a manifestaciones  desagradables, de esa ausencia. Todo les parece trivial a los alumnos. Nada es de tomarse en serio, sobre todo si los contenidos están relacionados con la parte seria de la vida: el sentido de la misma, la trascendencia, la virtud, etc.  El maestro, según es visto por muchos preparatorianos y universitarios, es un personaje que intenta hablarles de algo que él dice tener sentido, cuando ellos son incapaces de encontrar ninguno.
 
Afirmó un ponente en el encuentro de Valencia, el doctor José María Barrio, antropólogo educativo, que el ambiente provocado en el aula por esa actitud del alumnado es «deseducativo», pues «cualquier mensaje educativo se decodifica en clave de ironía cínica».

La autoridad del maestro es una de las más importantes víctimas de este fenómeno. Y la consecuencia es de esperarse: la frustración de los docentes, el desánimo, el abandono de la tarea, o el contentarse con irla pasando, aguantar por miedo a quedarse sin ingresos.

A veces, las mismas instituciones educativas han sido cómplices al favorecer tales actitudes, temerosas de enojar a los jóvenes, y a ver mermadas las colegiaturas. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Para la escuela católica, es un reto que debe afrontar seria y urgentemente. Se trata nada menos que de lograr hacer que los muchachos encuentren en Cristo el valor de todos los valores, o sea, que lo vean a Él como aquello por lo que sí vale la pena arriesgarlo todo.
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