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¿Eres un joven rebelde? Imprimir
Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 06 de Julio 2008

CON PERMISO

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 La juventud va camino de vivir tan preocupada de sí misma que puede pasar sin dejar huella.

Por Miguel Aranguren

Desde pequeño me han llamado la atención las costumbres de los jóvenes norteamericanos que se muestran en las películas. Parece que todos están deseando graduarse (nunca se sabe si se gradúan en la universidad o en el instituto, porque los gringos se disfrazan con togas y birretes en cuanto te descuidas) para hacer las maletas y largarse de casa. En España, sin embargo, nos emancipamos de nuestros padres cuando ya lucimos canas y la tripa ha tomado un redondeado cariz. Me consta que más de una sacrificada madre mira de reojo a sus hijos que, apoltronados en el sillón de los domingos, contemplan con indiferencia el televisor con toda la horizontalidad que permiten los treinta años.

Los jóvenes repiten de memoria todo tipo de justificaciones sobre los tiempos presentes: que quién se compra un piso con los sueldos de ahora, que si antes del master y de unos años de experiencia laboral es una locura hablar de boda, que si hay que ver el precio de los colegios: cómo para pensar en tener hijos, que si soy mujer y no he realizado el esfuerzo de los estudios para empezar a parir y quedarme en casa, etc. Sin embargo, mientras pasan los años al cobijo de sus mayores, pocos perdonan los excesos de la diversión del fin de semana, ni el auto con equipo de música, por ejemplo. La juventud va camino de vivir tan preocupada de sí misma que puede pasar sin dejar huella. Olvidan que nuestros abuelos cargaron con el esfuerzo y la lucha. Quien menos puede hablar de sus batallas, del hambre, del esfuerzo que supuso empezar de nuevo. Y si nuestros padres se han habituado muy bien al consumo, antes se las vieron con el jaleo del 68, del que al menos hemos heredado a Bob Dylan.

Creo que conviene pensar en cuál será nuestra herencia cuando pasemos el relevo. Que yo sepa, cada uno de nuestros intentos por dejar un poso en la Historia no vive más de seis meses. Somos la generación del karaoke, del mando a distancia, del reality-show bien adobado con lágrimas, sangre y chabacanería, de la bebida tonificante para aguantar la sonrisa, del sexo sin riesgo… Una vulgaridad.

Reconozco que aparecen, aquí y allá, jóvenes dispuestos a realizar con sus vidas un proyecto interesante, pero se los tragan los tiburones que gobiernan las corrientes de opinión e inventan sucedáneos frente a las personalidades definidas. ¿De verdad no me puedo considerar un joven suficientemente preparado si no estoy al volante de un deportivo? El modelo de rebeldía de los jóvenes del comienzo del tercer milenio es una caricatura de la verdadera rebelión, ya que todo son poses externas (el armario saturado de ropa de marca) a la vez que nadie renuncia a las comodidades de la buena vida.

Las rebeliones juveniles se han caracterizado por ir contracorriente de los sistemas impuestos. Entiendo que hace cuarenta años surgieran movimientos pacifistas en respuesta a los bombazos que cubrieron Europa y que, después del cha-cha-cha y los boleros, triunfase entre la chavalería la voz triste de Moustaki cantándole a la libertad y las letras soeces de los Rolling. Era la respuesta de una juventud que pedía nuevos horizontes.
 
Tengo claro lo que para mí es un joven rebelde, y está muy lejos de los mesianismos que propone la televisión. Al rebelde de 2008 se le distingue por su humanidad, por un respeto exquisito a la libertad, porque cree en el romanticismo frente al imperio del látex, porque sabe que el tiempo no es para su exclusivo disfrute y encuentra un hueco para compartir con su abuelo, aquel que perdió la cabeza y al que nadie acompaña, y prefiere esa visita a despilfarrar la tarde del domingo en un duermevela frente al film de después de comer. El joven rebelde cree en la amistad, a pesar de los riesgos, y es consciente de que el amor no sólo está compuesto de vino y rosas, y por eso se sabe más enamorado. Valora el trabajo, pero no lo magnifica, y por muchas horas que le retenga el jefe en la oficina no decrece su interés por la literatura ni el arte. Si hay un rasgo que destaque en él, es la fecundidad para imaginar nuevas posibilidades en la vida: no pierde jamás su capacidad de asombro y disfruta con un buen partido de fútbol como con la belleza de una puesta de sol entre las antenas y los cables de la ciudad. El joven rebelde, con tal de compartir la vida junto a la persona a la que ama, está dispuesto a sacrificar el éxito pues no permite que las precauciones le marchiten los sueños.
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