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Mis tres abuelas Imprimir
Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 29 de Junio 2008

CON PERMISO

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 No sé de dónde me viene esta adoración por la gente mayor. A la vuelta de las fiestas de adolescente, protestaba ante mis amigos porque con quien tenía de veras éxito era con las madres y las abuelas de las chicas que me invitaban a sus casas.

Por Miguel Aranguren

El gran novelista español José Luis Olaizola, se confiesa en sus artículos de prensa rendido a los encantos de las mujeres de su vida, que no son Sofía Loren ni Brigitte Bardot (él peina canas desde hace años), sino su mujer, sus hijas y nietas, su suegra y las empleadas de su hogar.

A mí también me gustaría hacer un continuo homenaje a las mujeres de mi juventud, aquellas que me dejaron una profunda huella antes de conocer a la que hoy es mi esposa y mujer definitiva para las admiraciones. Lo fueron mi madre (ya hablé de ella en mi primera columna de El Observador), mi hermana, mis compañeras de oficina y también la señora que trabajaba en casa, un encanto y con la que me llevaba a partir un piñón, pues compartíamos una misma pasión por el flamenco y los toros. Lo es también mi suegra, de la que hablaré en otro momento. En todo caso, hoy quería referirme a tres mujeres muy distintas y a la vez poseedoras del más respetable y bello de los títulos: el de abuela.

No sé de dónde me viene esta adoración por la gente mayor. A la vuelta de las fiestas de adolescente, protestaba ante mis amigos porque con quien tenía de veras éxito era con las madres y las abuelas de las chicas que me invitaban a sus casas. Reconozco que cuando la fiesta de turno no era muy divertida, me ponía a charlar con los papás de la anfitriona con el deseo de que me enseñaran los cuadros que tenían por la casa, un defecto profesional. Les sorprendía que con esa edad me interesara más un lienzo que las grandes cilindradas o el fútbol, y de esta manera entablé muy buenas relaciones con una generación mayor y distinta. Mis amigos me advertían que dejara mis ínfulas artísticas y empezara a mover el esqueleto. Pero ni con esas. Hice el esfuerzo de aprender «break-dance» —con más buenos deseos que fortuna—, pero sólo conseguí torcerme un tobillo. Como con la pata coja no se puede bailar, profundicé en las colecciones de óleos y acuarelas, y en la amistad con las madres y abuelas de mis amigas.

Mis tres abuelas eran bien diferentes. La más tradicional se llamaba Nieves y murió superados los noventa. Vasca, recia, amante de la buena cocina, con un corazón tan grande que en él cabían sus más de 200 descendientes. Hace años se me ocurrió hacer una revista trimestral para la familia Aranguren, en la que recogía las noticias de tantísima gente repartida por el mundo. Era la única forma de que todos supiéramos de todos: catorce hijos, ochenta y ocho nietos y más de setenta biznietos, amén de todos los hijos y nietos políticos, que para mi abuela eran tan importantes como los propios. Disfutaba de una de las cocinas mejor equipadas del mundo y, estoy seguro, nadie superaba sus platos. Pero lo que más me gustaba de ella es el interés que mostraba por cada una de nuestras ocupaciones y preocupaciones. Si las sumamos, el cúmulo de vida podría asustar a más de uno. Pero sacaba tiempo para todos. ¿Quién dijo que la gente mayor no comprende los problemas de los jóvenes? Sus nietas más pequeñas buscaban un rato para pedirle consejos sobre los chicos que les gustaban, y los demás le hablábamos de los proyectos de futuro, de nuestros miedos. Ella escuchaba y nos animaba a enfrentarnos al mundo con una sonrisa y rezaba por todos.

Mi abuela Marichu ganó un premio a la elegancia cuando no existían los liftings y no estaba reñida la belleza ni el estilo con una maternidad de seis hijos. Me divertía mucho con ella porque era una mujer moderna, tan «fan» del rock & roll como de la literatura clásica. Una Navidad que un famoso cantante apareció en la televisión con un rombo negro pintado en el ojo derecho, mi abuela se maquilló de la misma guisa para recibir el año nuevo, y estaba tan puesta en trapos que cuando sus hijas y nietas tenían algún acontecimiento social rebuscan en su armario antes de decidir qué ponerse. Era monárquica y nunca escondió sus fidelidades políticas. Cuando iba a visitarla nos quedamos de charla hasta la madrugada. Recordaba sus bailes, su amor por mi abuelo, las dificultades...

Mi mejor amigo tenía una abuela que me adoptó como nieto cuando yo era un renacuajo. Parecía haber surgido de un cuento de los hermanos Grimm: el acento que delataba origen alemán, sus moldes para bizcochos, la tarta de chocolate y su curiosidad insaciable por todo lo nuevo. Ha sido la única abuela a la que he visto tocar la batería. Cuando cumplió los ochenta susurró que uno de sus últimos sueños era volar en helicóptero entre los rascacielos de Manhattan. Y allí se fue. A la vuelta me contó que una de las noches saltó la alarma de incendios del hotel donde se hospedaba: todo el mundo corría por los pasillos, algunos sin dentadura postiza o con la mascarilla de frutas sobre la cara. Marianne estaba como loca de vivir semejante aventura; si los bomberos hubiesen evacuado a los huéspedes por la ventana, mi tercera abuela estaba dispuesta a lanzarse desde el piso cincuenta y siete por un tubo de goma. A fin de cuentas, un coloso en llamas es un recuerdo más duradero que las compras por la Quinta Avenida: una buena anécdota con las que entretener a las ancianas solitarias que visitaba en Madrid.

Fui muy afortunado por compartir con mis tres abuelas la primera etapa de mi vida. Si me preguntan qué aprendí a su lado, no dudo en contestar que me enseñaron a querer. Las cosas se entienden de otra forma desde tan alto. Por eso, si alguna vez se ponían tristes, me daban ganas de cantarles lo de Fito Páez: «dale alegría a mi corazón/ y verás/ como se transforma el aire del lugar...»

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