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La riqueza: la Iglesia debe hablar para educarnos Imprimir
Escrito por Diego García Bayardo   
Domingo 29 de Junio 2008

CIVILIZACIÓN

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La riqueza también es un asunto del que la Iglesia debe hablar para educarnos

Por Diego García Bayardo

Uno de los temas más polémicos que la Iglesia está obligada a tratar es el de las riquezas materiales. Se trata de un asunto que por su naturaleza afecta a todos los individuos y sociedades y hasta al clero mismo, pues todos los humanos necesitamos dar uso a los recursos de la Tierra para sobrevivir.

La Revelación habla más de este mundo que del otro
Partiendo de la premisa de que Dios es autor de todas las cosas, incluyendo al mundo y sus recursos, resulta evidente que la Iglesia debe comunicar al hombre lo que Dios ha revelado no solamente sobre su vida espiritual, sino sobre su vida entera, incluyendo la parte material. Después de todo, la Revelación nos habla más de las realidades de este mundo que de las del otro, que no conocemos plenamente hasta que partimos a la casa del Padre.

En torno al complejo problema de cómo debemos buscar la satisfacción de nuestras necesidades, obtener riqueza y organizarnos para lograrla, las respuestas no pueden ser simplistas o estar orientadas hacia la evasión. Por ello, la opinión aquella de que «la Iglesia no debe hablar ni mezclarse en cosas de dineros» lo único que hace es negar la realidad y dejar al pueblo sin la orientación que viene desde lo Alto. En el otro extremo, los tiempos y casos en que sectores de la Iglesia se han corrompido en la búsqueda de riquezas y poder han sido motivo de escándalo y, a la larga, incredulidad, pues no se entiende que una institución creada para la búsqueda de los bienes eternos acabe empantanada en los bienes y goces más terrenales.

La Iglesia católica siempre se ha caracterizado por integrar armónicamente todas las realidades, dándoles su justo lugar; las herejías, en cambio, suelen elegir tan solo una parte de esa realidad y rechazar el resto, generando así un pensamiento sectario. Esta situación, que hemos visto tantas veces en el campo de la fe, también puede aplicarse en torno a la relación entre la Iglesia y la economía.

Desviaciones teológicas respecto del dinero
Un ejemplo de opinión sectaria sería el que manejan ciertas iglesias protestantes, especialmente las de origen calvinista. Para ellos, la prosperidad económica y la riqueza son señal visible de la predilección que Dios tiene hacia una persona, de modo que las personas más santas son, automáticamente, las más ricas. La salvación así entendida se convierte entonces en una acumulación afanosa de bienes materiales, pues la pobreza es el indicador fundamental de que el individuo no está en amistad con Dios. Parece increíble que grupos que se separaron de la Iglesia por la supuesta venta de indulgencias y otras manifestaciones de ambición económica, reales o imaginarias, hayan acabado midiendo el amor de Dios en dinero contante y sonante.

En el otro extremo está la llamada teología de la liberación tan aclamada como descalificada por distintos sectores de la Iglesia. En dicha corriente de pensamiento, también sectaria, la preocupación de la Iglesia por la justicia social da un paso (o varios) más allá de lo que es debido, pues la opción «preferencial por los pobres» suele convertirse en opción «contra los ricos», cosa fundamentalmente antievangélica, y el apoyo a la búsqueda legítima de la equidad en la repartición de la riqueza acaba aceptando el recurso de la violencia y de la revolución armada. Finalmente, el discurso de la teología de la liberación suele acabar visiblemente contaminado por el materialismo histórico marxista no sólo en su terminología, sino en sus conceptos y convicciones.

La Iglesia habla
Entonces, ¿qué enseña la Iglesia en torno a la economía? Con base en la Revelación y especialmente en el Evangelio, muchos autores católicos han contribuido a crear una doctrina moral sobre las relaciones sociales que se establecen en torno a la economía. Este cuerpo de normas y principios, conocido como doctrina social de la Iglesia, se empezó a formar desde el tiempo de los apóstoles, prosiguió con los Padres de la Iglesia y alcanzó su etapa de máximo desarrollo en los siglos XIX y XX. En esos últimos tiempos, los problemas que sufría la clase obrera, las respuestas falaces del anarquismo y el marxismo y la necesidad de orientación que tenían las primeras agrupaciones católicas de trabajadores, generaron una legítima preocupación en la Iglesia y la creación de una respuesta orientadora completa y compleja que ahora conocemos con el nombre arriba mencionado. El papa León XIII publicó el 15 de mayo de 1891 la encíclica Rerum novarum, que fue el primer documento de tema social emitido por la Iglesia, y desde entonces, diversos papas y sínodos han contribuido a edificar este gran cuerpo doctrinal. Para la Iglesia, todos los sistemas económicos y sociales deben respetar la dignidad del ser humano —en contra de la opresión y la cosificación que suele sufrir—, buscar la justa repartición de los bienes que Dios nos ha dado para administrar —en contra del individualismo enajenante y la avaricia— y atender en forma integral a la sociedad en sus necesidades a través de los principios de la solidaridad, la participación social y la caridad.
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