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Escrito por Yusi Cervantes Leyzaola   
Domingo 09 de Septiembre 2007

FAMILIA

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Los psicólogos que tienen fe pueden entrar en contacto con la dimensión espiritual de sus pacientes, que es fundamental en el ser humano. 

Por Yusi Cervantes Leyzaola

Los psicólogos que no tienen fe en Dios evidentemente no pueden incluirla en la psicoterapia sino apenas como un dato más de los que aporta el paciente; pero es muy poco lo que pueden hacer con esta información, porque no la comprenden.  Peor aún si consideran en su interior, aunque no lo digan, que la fe de su paciente es una superstición o un autoengaño; la comprensión que pueden tener de ese paciente es muy incompleta. 

Los psicólogos que tienen fe, en cambio, pueden entrar en contacto con la dimensión espiritual de sus pacientes, la que, como sabemos, es fundamental en el ser humano.  Digo tener fe, y esto incluye a psicólogos no sólo católicos, sino también de otras religiones. Aunque, claro, un cristiano entenderá mejor a otro cristiano, aunque sea de otra religión; pero si paciente y psicoterapeuta son de la misma religión, en nuestro caso, católicos, la capacidad de comprender es aún más fina y profunda. Pisamos los mismos terrenos.

¿Pero incluyen estos psicólogos el aspecto espiritual en sus terapias? No tengo información al respecto.  Sé que los compañeros de la Asociación de Psicólogos Católicos (APSIC)  y algunos otros sí lo hacen, pero he escuchado a muchos pacientes que han tenido consultas con otros psicólogos que profesan nuestra religión que no incluyeron esta parte de su vida y su persona en el proceso. También he escuchado a algunos colegas defender, con toda sinceridad, que la religión es una parte privada en sus vidas y en la de sus pacientes y no debe ser tema de la terapia.  Esto, me parece, no es más que un síntoma más de la generalizada disociación que hacemos en las sociedades contemporáneas de fe y vida. 

Muchos de esos psicólogos defienden que hay una unidad cuerpo-mente.  A nosotros, en cambio, los miembros de APSIC, nos parece que tal unidad incluye al espíritu.  Una vieja definición dice que el ser humano es un ser bio-psico-social.  A ésta tendríamos que agregarle la parte espiritual: el ser humano es un ser bio-psico-social-espiritual.  Cada una de estas dimensiones afecta a las otras.  Y todas deben ser tomadas en cuenta en la psicoterapia. Por ejemplo,  ¿el estado de ánimo está siendo afectado por el cansancio relacionado con una infección crónica o por un desequilibrio hormonal? ¿La ansiedad provoca palpitaciones y sudor? ¿Los problemas con compañeros de trabajo están reflejándose en baja autoestima de la persona?  ¿Una mala elección de profesión se relaciona con un vacío existencial?  Y respecto a la relación de la dimensión espiritual con las otras, podemos también pensar en algunos ejemplos: ¿Cómo afecta a la autoimagen de la persona el que sus padres lo hayan visto desde el seno materno como un don divino?  ¿Cómo repercute en la relación con Dios el haber tenido padres autoritarios e injustos?  ¿Cómo se relaciona una vida plena en el plano psicológico con la búsqueda de la trascendencia espiritual? ¿Cómo cambia la vida toda de la persona a partir del hecho de ser consciente de que es amada incondicionalmente por Dios?

Hemos encontrado que incluir la fe de nuestros pacientes en su proceso de psicoterapia enriquece a la persona, profundiza su desarrollo y acelera el proceso de sanación. Por supuesto, no podemos incluir esta dimensión si el propio paciente no lo desea, o si no tiene fe. Tampoco vamos a suplir al sacerdote: para nada. Constantemente sugerimos a nuestros pacientes que hablen con un sacerdote sobre los asuntos que deben tratar con ellos, no con nosotros, del mismo modo que los enviamos al médico —incluidos los psiquiatras— cuando es pertinente.  La línea que separa las diferentes dimensiones del ser humano es muy sutil: más bien, es una franja donde se entremezclan elementos de una y otra parte, y hasta ahí es donde podemos llegar. 

¿Y que opinan los pacientes?  Comparto con  ustedes el testimonio de una mujer:

Cuerpo, alma y espíritu conforman mi existencia.

Mi cuerpo se ha visto afectado en su salud como consecuencia de fuerte daño psicológico desde mi infancia.

He buscado mejoría por medio de diferentes médicos y tratamientos diversos.

Mi alma, lastimada también, ansiaba la posibilidad de un estilo de vida que me brindara armonía, paz, alegría, confianza, alivio, ligereza, libertad, fortaleza, seguridad y autoestima. 

 Conociendo la existencia de Dios, un solo Señor, acudí a cursos de superación personal, Talleres de Oración y Vida y retiros espirituales.

Al continuar atendiendo todo aquello que me hacía sentir triste, deprimida, incompleta, con dificultad para relacionarme con los demás, entre otras cosas, terminé por acudir a consulta psicológica. ¡Gloria a Dios!

Qué importante ha sido para mí el que esta atención psicológica vaya acompañada de la fe.  No me ha sido difícil aceptar que: «Dios nuestro Señor permite el dolor y el sufrimiento humano, para manifestar el poder de su amor».

Amor de Cristo Jesús que libera, sana y salva.

Amor que ha mantenido en mí la esperanza de una vida mejor y que se va haciendo poco a poco realidad.

Esta terapia apoyada en la fe me ha mostrado un modo intenso y profundo de relacionarme con Quien todo lo puede.

Mi salud va mejorando y con tranquilidad acepto este proceso en mi vida que está fortaleciendo mis lazos familiares, mejor relación conmigo misma y consecuentemente un deseo constante de alabar, agradecer y bendecir el dulce nombre de Jesús.


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