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Brad Pitt y el gozo de vivir Imprimir
Escrito por Miguel Aranguren   
Domingo 22 de Junio 2008

CON PERMISO

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Aquella declaración me produjo más desasosiego que cada una de las bacanales de sangre con las que disfrutaba el psicópata obsesionado por los siete pecados capitales, porque las palabras del buen poli describen a la perfección la «cultura de la muerte»...

Por Miguel Aranguren / www.miguelaranguren.com

La película Seven vino precedida de una eficaz campaña de marketing. En los espacios de publicidad de los autobuses públicos, unos cartelones enumeraban los pecados capitales con cierto misterio, sin ofrecer más pistas sobre el motivo del anuncio. Creo que los expertos publicistas inventaron un tecnicismo para ese suspense, en el que se divulga el producto mediante una serie de entregas que van despertando en el cliente potencial una dependencia hacia la resolución del enigma. En conclusión, a las dos semanas del comienzo de la campaña compré mi entrada.

El mensaje de Seven, además de volver sobre las perversiones de un psicópata, es desalentador. Estamos acostumbrados a que las producciones de ambientes policíacos describan algún personaje en el que nos sintamos reflejados. Vamos en busca del malo muy malo al que se le ofrece alguna posibilidad de redención, y del héroe que, pese a naufragar en algunos vicios —pongamos la dependencia del alcohol o una tendencia a la soledad—, estaríamos encantados de invitar a nuestra mesa. Seven tiene su personaje ejemplar: un policía de color compañero de Brad Pitt, que declara no haber utilizado jamás un arma de fuego. Sin embargo, en una secuencia una mujer que está experimentando su primer embarazo le pide consejo. El buen policía hace una reflexión en la que recuerda cómo frustró la única oportunidad que tuvo de ser padre. Tardó semanas, pero al fin convenció a su novia para que abortara. De esta forma, liberó a su hijo de todos los aspectos fétidos a los que tendría que enfrentarse en una sociedad enloquecida por el mal.

Aquella declaración me produjo más desasosiego que cada una de las bacanales de sangre con las que disfrutaba el psicópata obsesionado por los siete pecados capitales, porque las palabras del buen poli describen a la perfección la «cultura de la muerte», caracterizada por confundir derecho con sentimiento a costa de la vida de un tercero.

Por más vueltas que le he dado al problema, tratando de ponerme en la piel de quien toma la decisión, no logro entender ningún argumento que justifique el aborto. Durante estos días hice un repaso de las situaciones de injusticia que he visto padecer a los niños, como si en ellas hubiera un argumento que me hiciera romper una lanza a favor del aborto provocado. Sé que ninguna de ellas merece la pena ser vivida, pero a la vez me reafirmo al asegurar que el derecho a nacer, a abrir los ojos a la vida, está por encima de la calidad de la misma. Lo dice muy bien un médico que lleva más de quince años trabajando para que los niños con serio peligro de ser abortados nazcan y reciban los mayores cuidados: «la vida es un cumplimiento de etapas: primero hay que ofrecer la oportunidad de ponerse en la salida y después luchar porque cada una de las etapas se suceda con absoluta dignidad». Es decir, sin vida no hay posibilidad de dignidad, no hay posibilidad de nada. El hombre busca la felicidad, una felicidad que no se contenta con la satisfacción de las necesidades primarias, ya que ahonda en el misterio de la existencia hasta entrever la razón de la vida y de la muerte. La historia rebosa de hombres y mujeres que alcanzaron la cota más alta de la felicidad, así como de todos los que se quedaron en el intento, persuadidos de que su enigma se resolvería por caminos errados. Unos y otros tuvieron la oportunidad de elegir, entrelazaron su destino con una mezcla de libertad y casualidad, para lo bueno y lo malo. Tuvieron la suerte de entrar en este juego imprevisible de la vida, donde cabe el amor y el odio, el gozo y el sufrimiento.

Es fácil teorizar en favor y en contra de asuntos que no son triviales, como la vida, porque la sociedad que estamos construyendo no se asienta en la verdad. De esta manera, entronizamos la Ley que, caprichosa, es arma para el déspota hasta desproteger al ser más indefenso, aquel que todavía no respira por sí mismo. Así, el aborto pasa a ser, en la conciencia de la gente de buena fe, de un delito tipificado que se despenaliza en ciertas circunstancias a un derecho de la mujer que concibe.

Violeta Parra daba Gracias a la vida por la hermosura que vieron sus ojos, por el verbo con el que compuso estrofas de amor, por los caminos que anduvo hasta encontrar descanso, por el corazón con el que pudo elegir el bien, por la risa y el llanto. Las taras del feto, la concepción motivada por la violencia, el peligro objetivo para la salud de la madre o una desventajosa situación económica son argumentos en clara desventaja ante el gozo de vivir, por dificultoso que éste resulte. Pese a que el compañero de Brad Pitt se empeñe, no nos corresponde la elección de la muerte, aunque la persona quepa en una caja de cerillas.
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