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Reflexiones del padre Raniero Cantalamessa, OFM, cap. 
Fray Raniero Cantalamessa, capuchino y predicador del Papa, ha estado recientemente en México para hablar a los responsables de las agencias católicas de caridad en el continente americano sobre el espíritu que ha de animar este imprescindible servicio eclesial y quiénes son los destinatarios próximos de nuestra caridad.
Lázaro y el rico, una parábola actual
La situación del mundo actual bien puede reflejarse en la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. Esta situación se repite hoy, entre nosotros a escala mundial. Ambos personajes incluso representan los dos hemisferios: el rico epulón el hemisferio norte (Europa occidental, América, Japón); el pobre Lázaro es, con pocas excepciones, el hemisferio sur. Dos personajes, dos mundos: el primer mundo y el «tercer mundo». Dos mundos de desigualdad, porque el tercer mundo representa, en realidad, dos tercios del mundo.
La indiferencia, el principal obstáculo
El mayor pecado contra los pobres es tal vez la indiferencia, fingir no ver. Ignorar las inmensas muchedumbres de mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor.
Nosotros tendemos a colocar entre nosotros y los pobres una doble ventana, cuyo propósito es impedir el paso del ruido y del frío; lo suaviza todo, hace que todo llegue amortiguado, debilitado. En efecto, vemos que los pobres se mueven, se agitan, gritan al otro lado de la pantalla del televisor, en las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito nos llega como muy lejano; no penetra en nuestro corazón. Nos resguardamos de ellos.
Dejar penetrar a los pobres en nuestra carne
Lo primero que hay que hacer es romper esas dobles ventanas, superar la indiferencia, la insensibilidad. Derribar las defensas y dejar que nos invada una sana inquietud por la espantosa miseria que existe en el mundo. Dejar penetrar a los pobres en nuestra carne.
Debemos «darnos cuenta» de los pobres, que implica un repentino abrir los ojos, una sacudida de conciencia por la que comenzamos a ver algo que ya estaba allí antes, pero no éramos capaces de ver.
Con el tiempo, por desgracia nos acostumbramos a todo y estamos habituados a la miseria de los demás. Ya no nos impresiona tanto, la damos casi por inevitable y por descontada.
Eliminar o reducir el injusto y escandalosos abismo que existe entre los saciados y los hambrientos del mundo es la tarea más urgente y más ingente que la humanidad ha llevado consigo sin resolver al entrar en el nuevo milenio. Una tarea en la que, sobre todo las religiones, deberían distinguirse y hallarse unidas más allá de toda rivalidad. Una empresa de esta envergadura no puede promoverla ningún líder o poder político, condicionado como está por los intereses propios y frecuentemente por poderes económicos fuertes.
No sólo ser para los pobres sino ser pobres
No debemos olvidar que además de «ser para los pobres», el cristiano tiene que ser pobre. En este sentido la bienaventuranza de los pobres es de gran actualidad en el contexto histórico que vivimos, marcado por la preocupación por la ecología y la salvaguarda de lo creado. Una manera de vivir la bienaventuranza evangélica, posible y accesible a todos, es volver a un uso sobrio y moderado de las cosas, a un estilo de vida simple que permita gozar de los bienes de la creación sin abusar de ellos o desperdiciarlos.
Esta invitación, aunque es para todos, es especial para los países ricos del hemisferio norte. Estamos tentados a sustituir las cosas después de nuestro uso: vestidos, coche, computadora… se trata del «usa y tira» que se ha convertido en la síntesis de nuestra civilización, que a veces asume formas maniáticas.
La contemplación como camino de liberación
Todo lo que usamos más allá de lo necesario, directa o indirectamente, lo sustraemos a otros que viven ahora en la tierra o que vendrán después que nosotros. En este sentido, Francisco de Asís es un maestro.
La contemplación es otra actitud que estimula la bienaventuranza evangélica de la pobreza. Hay que descubrir y estimar la forma especial de posesión que es la contemplación. Es una manera de poseer las cosas de modo más profundo, con el alma y no sólo con los sentidos y el cuerpo. La contemplación hace el milagro de permitirnos poseer las cosas sin acapararlas para nosotros y sin sustraerlas a otros. |