|

La antítesis de toda relación interpersonal es la relación enantiobiótica, es decir, para el perjuicio de ambos. No sólo confiamos o desconfiamos de nosotros mismos, ya sea del yo consciente o del yo subconsciente...
Por Carlos Díaz
La antítesis de toda relación interpersonal es la relación enantiobiótica, es decir, para el perjuicio de ambos. No sólo confiamos o desconfiamos de nosotros mismos, ya sea del yo consciente o del yo subconsciente, es que también pactamos con los demás, confiando o desconfiando de lo que ellos nos dicen que somos, es decir, construyendo nuestra propia identidad en acuerdo o en desacuerdo respecto de ellos. Como ha señalado Carlos Castilla del Pino, «la percepción futura, anticipada, predispuesta, de la realidad implica tanto percibir —encuentro lo que busco— cuanto no percibir, en función del proyecto de vinculación que el sujeto se traza» . Existe una construcción anticipada (proléptica) del yo en relación con el tú. Las más de las veces, y puesto que el contexto, en mayor o menor grado, es imprevisible, modificamos el yo proyectando estrategias de éxito. El yo no se improvisa, sino que se adapta de manera extremadamente flexible al contexto, de acuerdo con el propósito de su actuación y las posibilidades de éxito al respecto. Estos proyectos de yo son anticipaciones (prolepsis) del yo que se ha de representar, ensayos de yo. ¿Qué hace el yo con sus yoes previamente utilizados, o simplemente imaginados? O no vuelve a usarlos, porque no hay ocasión para ello, o porque no deben ser de nuevo utilizados por desafortunados; o trata de olvidarlos; o los asume y almacena. Unas veces son yoes meramente fantaseados, propios del sujeto irreal, otras son yoes según las circunstancias privadas, públicas, profesionales, parentales, etc.
«El éxito o fracaso —con otras palabras, la eficacia o ineficacia propositiva— de los yoes construidos se prueba en la interacción. Es lo que llamamos la prueba de la realidad. Los demás certifican, con su comportamiento para con nosotros, el éxito o el fracaso de nuestro yo social.
Así pues, el yo se hace de sí mismo una imagen para que el otro confíe en él y le acepte. Pero esta necesidad de confianza no se detiene ahí, va todavía más lejos: ese mismo yo espera que la imagen que el otro se ha hecho de mi propio yo le resulte confiable. Dicho en otras palabras: en toda relación se ha de tener en cuenta quién soy para el otro y quién es el otro para mí.
Este inicial punto de partida, de incumplirse, conduce al fracaso de la relación porque es difícilmente reparable. Esto no se opone a que en el curso de la interacción no se destruyan, quizás, las imágenes recíprocas previas y se construyan otras ajustadas al curso de la interacción misma; de aquí que, en ocasiones, se salga de una entrevista modificando la imagen previa forjada sobre el interlocutor: ‘mira, creía que era... y resulta que es’. La mayoría de las veces, y si la interacción no se prolonga, pueden conservarse las imágenes preexistentes. Pensemos en la interacción que tiene lugar entre dos personas de muy distinto rango social, pongamos el rey y un niño que va a ofrecerle un obsequio. Está claro que el niño requiere que el rey siga en su sitio, por decirlo así, pero no es menos claro que el rey se ha de supeditar sin dejar de representar su rol y demostrar su identidad a la imagen de él que el niño le ofrece. De no ser así, si el rey mantuviese determinada tiesura, exigible en otros contextos, la coartación sería inevitable y la relación se bloquearía.
En cualquier caso la imagen que el otro nos devuelve es una definición de nosotros mismos. Tras cada unidad interactivante surge la autopregunta imprescindible (se formule o no, se formula en situaciones especialmente relevantes, y en ocasiones incluso ante otros, por la indecisión ansiosa que suscita): ‘¿qué le habré parecido a...’?, o ‘le he debido parecer que...’.
Toda interacción, pues, confirma o desconfirma la identidad: en el primer caso, somos al parecer (ante el otro) como pretendíamos ser; en el segundo caso, somos menos o más para el otro de lo que imaginábamos ser. |