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Escrito por Juan Carlos Moreno Romo   
Domingo 22 de Junio 2008

AL MARGEN…

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El cristianismo tiene muchas caricaturas, muchas falsificaciones. Una de ellas es la que nos supone, por caritativos, unos blandengues...

Por Juan Carlos Moreno Romo

El cristianismo tiene muchas caricaturas, muchas falsificaciones. Una de ellas es la que nos supone, por caritativos, unos blandengues: «tú eres, o te crees, o quieres creerte bueno, ergo yo te puedo chantajear». Así más o menos parece que piensan muchos sinvergüenzas, y hay que tener cuidado, en diversos órdenes, con esa presunta o cierta debilidad, que desde luego nada tiene de cristiana.

«Ayúdate, que yo te ayudaré», dice prudente la sabiduría de nuestro pueblo, y la Biblia lo confirma severa: «el que no trabaja, que no coma.» Lo que desde luego se refiere, —entiéndase—, a quienes, pudiéndolo hacer, no quieren trabajar.

¿A cuántas personas jóvenes y sanas hemos visto, por ejemplo, «haciendo circo» en los cruceros, al amparo de los semáforos? ¿Es lo mismo «actuar» ahí que en una plaza pública, frente a los paseantes que perfectamente se pueden detener a disfrutar del espectáculo, y que con toda legitimidad pueden, si éste les gusta o la situación les mueve a ello, gratificarlo con unas monedas? ¿Es lo mismo sacudir el polvo de los coches o limpiarles el parabrisas —es decir, prestar un servicio, por incómodas e insalubres que puedan resultar las condiciones en las que se hace esto, y ganándose incluso de ese modo lo que uno recibe— que pararse de manos frente a unas cuantas filas de vehículos que esperan con prisa el «banderazo» verde para arrancar, con el agravante de que luego esto es imitado por niños y niñas de muy baja estatura y visibilidad?

Hay quienes recomiendan que no fomentemos este tipo de actitudes no dándoles dinero a esas personas, y no les faltan razones, incluso en el caso de prácticas menos riesgosas como la de simplemente pedir a la salida de los templos, o en los diversos sitios públicos en los que también lo hacen, y es cierto que no podemos ignorar que la mendicidad es, para muchos, una forma de vida estable, y hasta cómoda o lucrativa.

Pero quizás nos conciernan o interpelen más todavía otras formas de no ganarse uno lo que se come —o de parasitar, para decirlo en plata— que se alojan en todo tipo de formas sociales, y hasta pseudolaborales.

¿Cuántos miembros de nuestras propias familias no parasitan más o menos en ellas, por ejemplo, precisamente al amparo de alguna debilidad afectiva nuestra? ¿Cuántos trabajadores no hacen como que empujan o jalan, cuando lo empujado o lo jalado lo es, no por el de ellos, sino por el esfuerzo de sus compañeros, a los que de alguna u otra forma chantajean? ¿Cuántos funcionarios públicos, cuántos profesores universitarios o investigadores —para ir al grano—, cuántos presuntos intelectuales o artistas de veras contribuimos en algo a mejorar el estado de vida de nuestra sociedad?

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