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La mística, ¿para cerrar o abrir? PDF Imprimir Correo
Escrito por Carlos Díaz   
Domingo 15 de Junio 2008

DEBATE

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El místico, persona activa, no da la espalda a la calle.

Por Carlos Díaz

Pobre etimología tiene la palabra místico, lo reconocemos con tristeza, pues procede del verbo  griego myo, que significa cerrar, precisamente lo contrario de aquello en que la condición  mística consiste; o mejor dicho, la toma de la parte por el todo, pues si bien es cierto que el  místico es alguien celosamente entregado a lo que vive y por ello encerrado en dicha vivencia, no  lo es menos que tal cerrazón siempre se abre, revierte y repercute en la acción vital, y además  de una manera eminente.

Quien conozca un poco las biografías de los buenos místicos y de las buenas místicas reconocerá  al menos que no se caracterizan precisamente por ser apocados, antes al contrario son personas  muy activas y de fuerte militancia que mueven a cuantos se encuentran a su alrededor y cambian su  vida; por ello también nosotros creemos que «ya es hora de sacar a la palabra mística de los  eriales y de darla, fuera de su sentido religioso habitual, el sentido que le daba Péguy:  doctrina, movimiento de acción en la integridad de su inspiración y el fervor de su juventud  espiritual, viva en los corazones vivos» (Emmanuel Mounier).

Nada, pues, de misticismos, otro plural desgraciado; nada de deliquios, nada de embaucamientos ni  de remilgos, en todo caso no es el éxtasis o el arrobo el que conduce a la mística mediante  terapias de relajación y cursillos de fakirismo, sino en todo caso la mística la que puede  generar esos instantes de plenitud. Pero si los místicos impelen a la presencia testimonial y a  transformar la realidad eso ocurre porque previamente ellos mismos se han sentido impelidos,  concernidos, conmovidos por fuerzas profundísimas que viniendo de lo alto les han transformado  (lentamente, rápidamente, eso depende), de tal modo que en ellos existe un antes y un después de  la experiencia de lo místico.

Nada grande ha sido hecho sin una gran pasión, de ahí que mística que no sea de alguna forma  grandemente apasionada no será mística de buena ley, tal y como reconoce Mounier: «Las almas  místicas sólo tienen como regla la verdad que ellas llevan dentro. Ni siquiera la sienten, de  tanto como reconocen en ella su deseo espontáneo. La libertad experimenta una alegría profunda de  gratuidad en consultar su ley, una vez que por amor la ha asimilado. El espíritu místico se  trasluce a través de esas maneras de gran raza que mantienen con las cosas del espíritu quienes,  en una larga familiaridad con ellas, han aprendido en ellas la delicadeza. Se reconoce también en  que capta cada problema espontáneamente, desde el punto de vista más alejado de los intereses  egoístas y temporales que gravitan en torno al hombre, al individuo, a la clase, a la nación. Es  propiamente el sentido de lo eterno».

El místico, persona activa, no da la espalda a la calle. Mística y política se distinguen y sus  cauces de acción no son los mismos, por descontado, pues lo que mueve a la política es la  mística, pero que puedan distinguirse no significa que deban separarse y mucho menos que la  política haya de reducirse a una ejercitación al modo del condottiero profesional, vaciada del  latido místico.

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